domingo, 28 de agosto de 2016

La llaga

Benjamín Cuéllar
Hoy casi todo mundo habla bien del Fiscal General de la República. Los “malacates” –como dijo aquel “peso pesado” entre esa ralea‒ y sus compinches públicos y privados, son los únicos que lo atacan. Son los menos, pero aún con mucho poder. El resto de la gente informada y preocupada por el país, ve con buenos ojos el trabajo de Douglas Meléndez. En realidad, este se está ganando –poco a  poco– un reconocimiento positivo; ojalá no defraude. Hay que apoyarlo, por ejemplo, en su legítima demanda de recursos y en la censura de los ataques que recibe por quienes ya están siendo procesados, quienes están a punto de serlo y quienes tiemblan al voltear para arriba y ver su “techo de vidrio”.

Todo mundo habla también de las recientes capturas ordenadas por el “fiscalón”; así le han dicho y le dicen en la institución a todos los que se convierten en sus titulares. Cuando algún día una mujer ocupe el cargo, hasta la fecha no ha sucedido, le dirán la “fiscalona”. A personajes como esos ahora tras las rejas, nunca o casi nunca se los había cargado un sistema de justicia que siempre, siempre ha dejado mucho que desear; ahora pasan a los tribunales y habrá que ver cómo les va. Ojalá la judicatura esté a la altura. Desde el enfoque de derechos humanos, hay que exigir respeto del debido proceso y las garantías judiciales para los acusados; pero también justicia para las víctimas de sus fechorías. 


La honradez celebra que ya no sean solo “chimbolos” los que pesca la Fiscalía General de la República; estos que acaban de atrapar no son los peces gordos, gordos… Quizás uno sí. Pero algo es algo. Quién se iba a imaginar que algún día, en este paraíso de la impunidad, sería procesado un “fiscalón” a menos de un año ‒ocho meses para ser exactos‒ de haber entregado el cargo, sentando así un importante precedente al ser acusado por omisión de investigación.

También se acusa al ahora imputado, Luis Martínez, por el delito de fraude procesal; pero el primero, es el que se lleva las palmas.  Este singular sujeto ‒según el artículo 311 del Código Penal y la Fiscalía‒ siendo su titular se negó a promover la investigación de hechos delictivos que sabía se habían realizado en razón de sus funciones. De ser encontrado culpable de haberlo cometido, tendría que purgar una pena de tres a cinco años de prisión.

Por cierto, en octubre del año pasado José Luís Merino ‒de quien se dice es el poder tras el trono en el partido de Gobierno‒ sostuvo que Martínez había “hecho el esfuerzo necesario”. “Ha habido una notoria mejoría ‒continuó Merino‒ en la capacidad investigativa de la Fiscalía; ha ayudado a que mejore la aplicación de la justicia en el país”. Al preguntarle si para el FMLN merecía ser reelecto, Merino contestó: “Yo creo que sí”. Vean hoy en qué lio se encuentra su “preferido”. Uno se pregunta: ¿A cuenta de qué ese apoyo?

En medio de esa vorágine, no “sacudón” como peculiarmente expresó quien ocupa formalmente ese mencionado trono, aparece salpicado Mauricio Funes y –como hizo él con Francisco Flores‒ lo están haciendo añicos por todos lados. Por más que uno u otro no sea “santo de su devoción”, nadie debería hacer eso por mucho que el primero lo haya hecho con el segundo. No por la supuesta “dignidad” de haber sido presidentes de la República; con su desempeño, cada quien a su modo, no parece ser que se la merezcan. Es por su dignidad humana.

A Funes lo atacó Jorge Velado, presidente del partido Alianza Democrática Nacionalista (ARENA) hasta este día. De su perorata primera, tras los allanamientos en residencias y negocios de un empresario fundador del movimiento llamado “Amigos de Mauricio”,  medios y redes destacaron los retorcidos deseos de Velado: ver a Funes dentro de la bartolina donde metieron a Flores en su momento. Pero ninguno rescató, que yo sepa, cuando se refirió a la familia de este último. Para Velado, Funes no se puso a pensar en esa familia cuando cometió el primer “homicidio político” después de la guerra. Eso dijo.

Deliberadamente, todo lo anterior sirve para llegar a este tema que es lo que en realidad me interesa: la familia, sus sentimientos de dolor y sus deseos de justicia; sus legítimas exigencias de verdad y la obligación estatal de repararles los daños causados. Pero no se trata de la familia Flores Rodríguez, que tiene recursos para hacerlo sola y ‒hoy sí‒ con Velado acompañándola.

Ahora reclamo eso para las familias de las víctimas de las atrocidades cometidas por uno y otro bando, antes y durante la guerra; uno y otro bando que, tras la misma, se dedicaron a garantizarse su “buen vivir” ‒con o sin corrupción‒ y defender corruptos. Por eso temblequean tanto luego de declararse inconstitucional la amnistía. Esa infamia fue tabla de salvación, hasta hace poco, para quienes siempre negaron esos derechos a estas familias víctimas; para quienes dijeron luchar antes por la revolución y ahora sostienen que primero está una difusa, malentendida y conveniente “reconciliación”, no puede hablarse más que de traición.


Yo mientras tanto, para no dejar que salga de la agenda, seguiré en lo mismo: con el dedo en la llaga purulenta de la impunidad, “trapo sucio” con el que cubren a criminales, seguro de que el problema no es el dedo sino la llaga.


martes, 23 de agosto de 2016

¿Está listo?

Benjamín Cuéllar

Hoy, en serio, se le abre al país una nueva oportunidad para cambiar de fondo. Ya le robaron varias. Entre las últimas, estuvo el Acuerdo de Ginebra. ¿No sería distinto El Salvador si se hubiese logrado, sino un irrestricto, al menos un aceptable respeto de los derechos humanos? ¿Estaría como está si se hubiese democratizarlo y si se hubiera alcanzado algún grado de unidad para, siquiera, encarar tamaños desafíos como las reformas en materia de salud y educación o para salirle adelante a dramas sociales tan extendidos como la exclusión y la violencia?

Pero no. Los dos “dinosaurios” que administran la cosa pública desde hace más de cinco lustros terminaron “su” guerra y nunca lo permitieron. De nada sirvió la cacareada “alternancia” entre ambos hace ya más de siete años. Esa fue otra de los últimos chances desperdiciados. Lo que hicieron sus hipócritas impulsores fue matar la esperanza; el cambio real solo alcanzó para algunos que únicamente se preocuparon por llenarse a montones, con el dinero del pueblo, sus bolsillos y los de sus lambiscones. 


Pero, de nuevo, acaba de encenderse otra luz al final del túnel. Bien lo escribió y canta el entrañable Serrat: “Bienaventurados los que están en el fondo del pozo porque de ahí en adelante, solo cabe ir mejorando”.

Ciertamente este sufrido pedacito de tierra, ficticiamente subió alto de la mano de la ONU. Esta lo paseo y exhibió por el mundo, de un lado a otro, como el “modelo” a seguir en lo concerniente a “instaurar la democracia” y “garantizar la vigencia de los derechos humanos”. Pero como dicen con propiedad: mientras más alto se sube más duele la caída. Por eso, El Salvador duele allá abajo, donde sufren sus mayorías populares sin que nada le importe –allá arriba– a las minorías elitistas de viejo y nuevo cuño que lo han exprimido a su favor.

Pero en esos elevados círculos de poder, en este instante se están “comiendo las uñas” y no logran posarse en una silla con la tranquilidad que siempre les aseguró la impunidad. No saben cómo enfrentar lo que el gran Roque llamó, adelantado a su época, “el turno del ofendido”. Ya llegó, ya está aquí y hay que afrontarlo.

La infame e infamante amnistía de 1993 ya no protege a quienes, cobardemente, participaron en la ejecución de graves violaciones de derechos humanos y crímenes contra la humanidad. Ya no existe ese trapo sucio bajo el cual se cubrían los perpetradores de uno y otro bando. ¡Se acabó!

En la víspera de las dos décadas y media de terminada aquella guerra, el país tiene otra oportunidad para cambiar el que ‒desde siempre‒ ha sido su más feo retrato: una fea y maloliente “justicia”. Este fue descrito y denunciado en sus tiempos de heroica defensa de los derechos humanos, siendo “vos de los sin voz”, por el ahora beato Romero. El 20 de agosto de 1979, desde su púlpito profético, contó lo que le había dicho un “pobrecito”; ese fue el término preciso y cariñoso que utilizó para referirse al campesino que le dijo: “Es que la ley, monseñor, es como la culebra; sólo pica a los que andamos descalzados”. Eso contó exactamente hace veintisiete años, el venerado pastor y mártir. 



Casi catorce después, el 15 de marzo de 1993, la Comisión de la Verdad divulgó su informe. Sancionar a los perpetradores, sostuvo, era “un imperativo de la moral pública”; pero agregó que, en ese entonces, el sistema de justicia salvadoreño no reunía “los requisitos mínimos de objetividad e imparcialidad para impartirla de manera confiable”. Sobradas razones tenía para afirmar eso. Para muestra un botón: la deliberadamente torpe “investigación” y el fraudulento “juicio” en el caso de la masacre ejecutada en la UCA, a finales de 1989. 

Cuando aún no se cumplían siquiera los seis meses de haberse conocido la sentencia respectiva, la Comisión de la Verdad inició su trabajo; en el transcurso del mismo, le “corrigió la plana” en ese y otros hechos criminales a ese malévola, atrofiada y mal llamada “administración de justicia” nacional, la cual seguía siendo una maquiladora de iniquidades.

Desde la publicación del mencionado informe elaborado por esta entidad temporal, pasaron ya más de veintitrés años. A estas alturas es bueno y sano preguntar sí ya cambió el escenario; si está listo el sistema para funcionar como tal. Eso solo se puede responder, poniéndolo a prueba. Para ello, ahí están dos casos.

Uno es, precisamente, el de la masacre en la UCA. No es el único ni el más grave; pero sí es ‒entre los hechos criminales ocurridos antes y durante la guerra– uno de los más sólidos en cuanto a su investigación. El otro sí puede y debe considerarse la más terrible atrocidad ejecutada en medio de la “locura” que generaron, durante más de una década, los dos bandos que al finalizar aquella se dedicaron a matar la “esperanza”; para ello sí fueron capaces. Se trata de la matanza en El Mozote y otros cantones colindantes, del cual también se tiene suficiente información y una condena en la Corte Interamericana de Derechos Humanos. 


El Fiscal General de la República no debe argumentar falta de recursos para investigar. Que solo pague el flete para repatriar los archivos de la Comisión de Verdad que están allá en Nueva York, donde “todo es mejor” según canta Roy Brown. Luego, que judicialice esos dos casos para empezar a poner a prueba la institucionalidad de la que tanto presumieron ‒los firmantes de “su paz”‒ haber renovado.


“De la locura a la esperanza”, tituló su informe la Comisión de la Verdad. A final de cuentas, lo que hicieron fue maquillar a Frankenstein para participar en “miss universo”. Esa era una gran preocupación del máximo líder de la socialdemocracia salvadoreña. Guillermo Antonio Ungo, dicen que lo dijo, en medio de las negociaciones para superar la “locura”. Pero, pese a todo, tenemos enfrente una nueva oportunidad. ¿Está listo El Salvador para, por fin, aprovecharla? ¡Ojalá sí! Eso no depende del dirigente; depende de la gente. Y yo quiero que El Salvador, como Nueva York, esté mejor.


viernes, 12 de agosto de 2016

Carapintadas

Benjamín Cuéllar

El 27 de abril 1991, la “rebeldía” salvadoreña ahora sepultada y el entonces militarizado Gobierno nacional, firmaron en México el cuarto documento producido durante sus negociaciones que culminaron hace casi cinco lustros. Se acerca el aniversario. Lo que está lejos, lamentablemente, es lo ofrecido por ese par de vetustos y vacuos actores en la melodramática polítiquería nacional de posguerra. Doce meses antes, se obligaron en Ginebra a dejar de combatir entre sí lo más pronto posible; además se comprometieron a democratizar el país, respetar los derechos humanos y (re)unificar la sociedad. Ese, dijo la ONU, era el “camino de la paz”.

Volviendo al Acuerdo de México, que propició una reforma constitucional sustantiva, cabe recordar que hubo un “pero” por parte de la entonces guerrilla y ahora Gobierno. Al final, en una “declaración unilateral”, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) cuestionó la redacción del artículo 211; no aceptaba que la Fuerza Armada apareciera como una “institución permanente”. Además, exigía una “desmilitarización” sin dar explicaciones; supondría que del país, pues la de la seguridad pública y de la futura Policía Nacional Civil ya estaban convenidas.

Con esos antecedentes, a poquito más de los ciento cincuenta días del veinticinco aniversario del Acuerdo de Chapultepec, cabe preguntar cómo están las cosas. ¿Bien? ¡Para nada! Un vistazo sobre algo que ha dado mucho de qué hablar recientemente, es suficiente para respaldar tal aseveración. 

En algunos medios apareció una noticia alarmante para un país que, sin sufrir los estragos de una guerra es considerado si no el más violento, uno de los más violentos del planeta. Habían desaparecido, se afirmó, más de mil quinientos pertrechos; no estaban, se esfumaron. Eso ocurría en una tierra por décadas anegada en sangre, sin que ningún Gobierno –ni este ni los anteriores‒ hayan hecho algo por “agarrar al toro por los cuernos”. Si el director de la Policía Nacional Civil ‒comisionado Howard Cotto‒ acaba de afirmar que el 83% de los homicidios y feminicidios se cometen con armas de fuego, no hay dónde perderse. Al menos, habría que comenzar por suspender la venta legal de estos artefactos mortíferos. Pero no. Son muy grandes, enormes, los intereses en juego.  

Hace unos meses, con cifras oficiales en mano, un periódico digital soltó unos datos que le pararían los pelos incluso a quienes no tenemos: del 2010 al 2015, el promedio anual de armas registradas fue once mil; es decir, treinta diarias. Según la misma fuente, del 2009 al 2014 –años de “esperanza”, “cambio” y “buen vivir”– la suma de dólares por su venta legal superó los nueve millones; en el 2014, poco faltó para alcanzar los dos millones.

Siendo en El Salvador “artículos de primera necesidad”, sea para una poco probable protección o para un bastante factible ataque, que se pierdan armas propiedad de la milicia es algo gravísimo. Frente a la noticia del descomunal extravío mencionado, en su defensa, el ya añejo ministro de la misma salió al paso con paso firme y voz de mando. Cobijado por ochenta y seis oficiales, leyó un comunicado desmintiéndola y descalificando a quienes la difundieron.

Dijo algo así como: “Esas armas las tenemos; hasta se las podemos mostrar”. Pero no las mostró. Aceptó haber perdido diecinueve, entre ametralladoras y fusiles; pero, agregó,  habían recuperado tres de cada tipo. Además, sostuvo que “los señores oficiales salen con su armamento y lo dejan en su vehículo y les abren los vehículos”. Por persignarse, terminó arañándose grueso. ¿Serán de esos oficiales los que están al mando de la abundante tropa que realiza, desde el 16 de julio de 1993 hasta la fecha, tareas de seguridad pública?

Acá por todos lados hay armas y en todos lados se pueden conseguir, dentro o fuera de los cuarteles. Acaba de regresarse, “triste” y “condolido”, a seguir fungiendo como embajador en Alemania el “pobre” general José Atilio Benítez Parada. “Pobre”, sí, porque vino al país a “limpiar su nombre ante la justicia” luego de que lo acusaran de traficar armas, aprovechándose de sus anteriores cargos: viceministro y ministro de la Defensa Nacional durante la presidencia de Mauricio Funes, quien también tiene registradas casi un centenar. Vino a eso y no lo dejaron dos partidos: el FMLN y la Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA), que votaron contra su antejuicio. 


 Todo eso ocurre en un país gravemente enfermo; un país con su siempre precaria salud cada vez más complicada por la exclusión y la desigualdad, agravadas con la inseguridad y la violencia. A quienes viven eternamente en aflicción por ese estado crítico, sus médicos les dicen: va mejorando. La sobredosis de militarización, lo está levantando; pronto caminará. Y alegan: de veintidós víctimas mortales diarias durante el primer trimestre del 2016, más del 80% con arma de fuego, hoy bajaron a once y media. Es como si a un paciente terminal le bajan la temperatura con trapos húmedos.

Para acabar de fregar, recién apareció desfilando por las calles capitalinas un puñado de “carapintadas”: el alto mando castrense, encabezado por su “líder”. El por ya siete años ministro, general David Munguía Payés, no me recordó al teniente coronel Aldo Rico cuando en 1987 ‒también con “carapintadas”‒ se alzó contra el presidente argentino Raúl Alfonsín; ese golpista real estaba furibundo por el juzgamiento de militares violadores de derechos humanos. Más bien me recordó a su antecesor, el general René Emilio Ponce, quien en marzo de 1993 apareció despotricando contra el informe de la Comisión de la Verdad para El Salvador, arropado por casi nueve decenas de oficiales. Está la foto del recuerdo; eso sí, sin ningún “carapintada” rodeándolo.  




Esos “carapintadas” guanacos, ¿estarán pensando alejarse del cada vez más lejano “camino de la paz”?











Imágenes tomadas de internet. 





jueves, 4 de agosto de 2016

Al fondo, a la derecha...

Benjamín Cuéllar

El recién pasado lunes, primer día de agosto y primero en serio de las vacaciones de temporada, estuve en una agradable tertulia con amistades de verdad y con uno de los amores de mi vida. Entre estos últimos, no estuvieron presentes los tres restantes porque están fuera del país; el otro, mi madre, por razones lógicas no participó en la mentada reunión. Irremediablemente, la conversación arrancó con el tema del momento: la sentencia de inconstitucionalidad de la siniestra amnistía aprobada el 20 de marzo de 1993.

Este extraordinario fallo fue conocido mediante un comunicado oficial de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, emitido el miércoles 13 de julio y notificado posteriormente tanto a este servidor –José Benjamín Cuéllar Martínez– como al ciudadano Pedro Antonio Martínez González y a la ciudadana Ima Rocío Guirola, por ser sujetos procesales que asumimos los riesgos y firmamos el 20 de marzo de 2013 la demanda inicial, manteniéndonos vigentes como tales hasta el desenlace positivo del esfuerzo.

Regresando a la velada antes mencionada, frente a ese acontecimiento de trascendencia  mayúscula para el país y habiendo conocido ya la posición de la dirigencia del partido de Gobierno y de quien ingresó como inquilino principal a Casa Presidencial hace ya más de dos años, una de las personas asistentes me preguntó cuál era mi opinión al respecto. Lo hice con palabras duras, sí, pero ciertas. No faltó quien me pidiera fuese “políticamente correcto”, sugiriéndome resumir en una palabra mi juicio sobre la postura de eso que aún hay quien llama “izquierda”. “Pusilánimes”, me dijo a manera de ejemplo.

“¡No!”, arremetí indignado. “¿A cuenta de qué?”, rematé. Pusilánime es quien –según el diccionario– “muestra poco ánimo y falta de valor para emprender acciones, enfrentarse a peligros o dificultades o soportar desgracias”. Puede haber algo de eso, pero el término se  queda corto. Son, hay que decirlo con todas sus letras, simplemente traidores; es decir, quienes cometen traición. Y el significado de la palabra traición, siempre con el diccionario en la mano, es el siguiente: “Falta que comete una persona que no cumple su palabra o que no guarda la fidelidad debida”. 


 Lo anterior no hubiera trascendido más allá del lugar y el momento en que ocurrió, si el personaje ese que han instalado como secretario de comunicaciones del Ejecutivo, vocero gubernamental o merolico presidencial, no hubiese dicho lo que acaba de decir. “Durante muchos años –afirmó atrevido Eugenio Chicas– estuvimos esperando una resolución como esa; pero veinticinco años después, ¿qué utilidad práctica tiene eso realmente?”. Para este malogrado portavoz oficial, la inconstitucionalidad de la amnistía más aberrante de los tiempos modernos representa para el país “una enorme complicación”.

Quiere Chicas respuestas a su pregunta sobre la utilidad práctica de este excepcional suceso. Le va la primera: “La Ley de Amnistía viola el derecho de acceso a la justicia de ciertos casos que no se han querido ventilar aquí en el país… Mientras no se haga justicia, las estructuras que cometen graves violaciones a la sociedad van a seguir siendo impunes”. Fuente, lugar y año: Salvador Sánchez Cerén, hoy primer mandatario, en la Asamblea Legislativa en el 2007.

En otra sesión plenaria realizada antes, el 15 de abril del 2005, siendo oposición el FMLN también propuso derogarla. Ante el férreo rechazo del entonces granítico bloque de derechas, se escuchó otro argumento que confirma la utilidad práctica que entraña el haber mandado esa amnistía al basurero de la historia. “Les pedimos a los otros protagonistas del conflicto –se escuchó exigente al entonces diputado y ahora canciller, Hugo Martínez‒ que tengan la valentía, para que se sepa la verdad”.

Finalmente, su líder histórico sostuvo que la oposición de una fracción parlamentaria a dicha derogatoria era “para proteger a algunos de sus oficiales”, que entonces eran diputados. Eso aseveró Shafick Handal, agregando un interesante y sobre todo desafiante planteamiento: si ese bloque de derechas estaba convencido que únicamente la izquierda había cometido atrocidades, ¿por qué no desaparecían y sepultaban la amnistía, para juzgar a sus responsables? Shafick terminó exclamando: “¡Porqué quieren seguir mintiendo!”.

A esas palabras pronunciadas con coherencia y coraje por el finado Handal, no le están guardando la fidelidad debida quienes ven la derrota de la amnistía como una “complicación para el país”. Pero es ley de la vida: hasta en las mejores familias, así como hay personas encumbradamente grandes también las hay miserablemente chicas. 


Otra utilidad práctica que debe adicionarse es que con su actitud, de cara a este enorme e  histórico triunfo de las víctimas en su lucha contra la impunidad, la “izquierda” y la derecha partidistas han colocado otro clavo más en el ataúd de una polarización falsa y únicamente conveniente para quienes se han querido presentar ‒a lo largo de la posguerra‒ como acérrimos rivales. Sin embargo, a final de cuentas, en realidad han resultado ser patéticos iguales. Por ello, desde hace un buen rato, cuando me preguntan dónde está la izquierda salvadoreña no me queda más que responder: “Al fondo, a la derecha”.


jueves, 28 de julio de 2016

¿Amenaza u oportunidad?

Benjamín Cuéllar

Antes de que los viejos y “nuevos” enemigos de la justicia en El Salvador acuerden cómo darle la vuelta a la sentencia que –el pasado miércoles 13 de julio – declaró inconstitucional la amnistía, hay que hacer algo desde y con las víctimas de las atrocidades ocurridas hasta antes de enero de 1992 y de la impunidad protectora de quienes las ordenaron. Y hay que hacerlo no solo por los casos individuales sino también por el país que, de seguir así, va directo al fracaso. Mientras chillan y se desgañitan quienes defienden la fenecida ley ‒háganlo y sigan haciendo así el ridículo‒ mejor proponer hacer lo debido, para no desaprovechar este gran chance para el país.

Primero, de una vez por todas hay que hacer que funcione el sistema de justicia. Que sus instituciones, sobre todo la Fiscalía General de la República y el Órgano Judicial, sienten precedentes con los casos publicados por la Comisión de la Verdad. Eso acordaron y firmaron en Chapultepec hace casi veinticinco años, la moribunda guerrilla y el robusto primer Gobierno del partido ARENA. El texto decía que “hechos de esa naturaleza, independientemente del sector al que pertenecieren sus autores, deben ser objeto de la actuación ejemplarizante de los tribunales de justicia, a fin de que se aplique a quienes resulten responsables las sanciones contempladas por la ley”

Podría pensarse en el indulto; pero luego de tocar lo intocable emitiendo una sentencia condenatoria firme. Si no, las cosas no cambiarán de fondo y el encierro, el entierro o el destierro seguirán siendo las opciones para gran parte de las juventudes nacionales que sobreviven en las mayores y más intolerables condiciones de vulnerabilidad.

Asimismo, deberán promoverse espacios comunitarios de sanación (ECOS) donde se diga la verdad  para escucharla en todo el país y el mundo; que quede resonando por siempre en la historia y no vuelva a repetirse la barbarie, como ya ocurrió acá después de la matanza de enero de 1932. También que suenen y resuenen los perdones solicitados desde la crueldad de los victimarios y los perdones otorgados desde la generosidad de sus víctimas. Perdón al que pida perdón y sanción al que merezca sanción, la cual deberá cumplirse en beneficio de la comunidad.

El castigo ejemplarizante a los que dieron las órdenes ‒los “imprescindibles” de la barbarie‒ estimulará a que en estos espacios pidan perdón y cumplan su sanción quienes las recibieron; es decir, los “prescindibles”. Las personas que participen en los ECOS de la verdad y la restauración del tejido social, abajo y adentro del hasta ahora siempre doliente El Salvador, deberán hacerlo con la suficiente información sobre lo que pueden esperar y con el más claro conocimiento de la oportunidad que este ejercicio representa para curar la profunda, extendida e infectada herida nacional.

Con el necesario apoyo psicosocial previo, victimarios y víctimas serán sus principales protagonistas; deberán serlo, conscientes de que ese será el punto de encuentro del arrepentimiento de la maldad pasada y la humildad presente de aquellos, con la abundante nobleza de estas que crecerá con el conocimiento necesario de la verdad. 


 La combinación de lo primero y lo segundo, bien hecho, sin trampas ni dobleces, reducirá en mucho la opción de usar la justicia retributiva. Esa que necesita tribunales y tribunos, normas y formalismos que muchas veces la gente ni siquiera entiende, pero que –aún así– por ser un derecho fundamental no puede ni debe negarse a nadie, imponiendo por ley una falsa “reconciliación” que solo alcanza para los de siempre: las altas jerarquías de uno y otro bando. 

Si marchan bien los dos primeros recursos de esta propuesta, el tercero será menos utilizado. Eso sí, para las víctimas que opten por echar mano del mismo, las tres instituciones integrantes del Ministerio Público diseñarán en conjunto una estrategia que ‒sin regateos‒ facilite dar respuesta a esas justas demandas.

En función de lo anterior, deberá promoverse y conseguir toda la contribución posible de la sociedad: de universidades, iglesias, empresa privada, asociaciones de servicio a la comunidad, organizaciones y más. También de la “comunidad internacional”, cuya cooperación únicamente será brindada si se le brindan todas las certezas y garantías de que ahora sí ‒realmente‒ la cosa va en serio. 


Hoy por hoy, este es el gran desafío nacional para sacar al país del peligroso sendero que por casi cinco lustros ha recorrido; sendero pavimentado por el hambre, fruto de un precario desarrollo humano digno para sus mayorías populares a causa de la ofensiva desigualdad, la inaceptable exclusión y la gran corrupción. Sendero, además, encharcado –ayer, hoy y quizás mañana‒ por la sangre que siguen derramando los sectores siempre víctimas de violencias atroces, antes políticas y ahora sociales o derivadas de estructuras criminales.

Manejado por la derecha o por la izquierda, el vehículo marca El Salvador ha transitado por ese mal camino tras el fin de la guerra y hasta el pasado miércoles 13 de julio; camino encementado con un material pernicioso que ya comenzó a romperse: la impunidad sempiterna sobre la cual nacen, crecen y se reproducen tanto el hambre como la sangre. Dicho en las cuatro palabras que acordaron los firmantes una paz que solo sirvió para su beneficio, se trata de la “superación de la impunidad”.

Habría, pues, que redactar y aprobar una buena legislación que contemple esta y otras propuestas, si las hay. También habría que imaginar un equipo gestor bien independiente y operativo para terminar de pulirla y después compartirla; inicialmente por separado con víctimas, organizaciones sociales, iglesias, partidos políticos, instituciones integrantes del sistema de justicia, militares, organismos intergubernamentales y cuerpo diplomático. 




¿Amenaza u oportunidad? Lo primero, solo para quienes se saben culpables; oportunidad, sí, para las mayorías populares que ‒por culpa de los anteriores‒ no disfrutan aún la paz que les prometieron. Recordemos al gran Lennon y no le sigamos negando esta oportunidad a la paz…


domingo, 24 de julio de 2016

"Compañeros" caídos en la ducha...

Benjamín Cuéllar


Nació en 1952 e ingresó a las Fuerzas Populares de Liberación, las FPL, en 1972;  su nombre de guerra: “Milton Méndez”. Este es el primer personaje. El seudónimo del segundo es “Guillermo Rodríguez”, quien vino al mundo en 1961. Originarios de los departamentos de San Miguel y La Unión, respectivamente, en 1980 fueron fundadores del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional; de aquel FMLN histórico y añorado. Dejaron atrás su pasado guerrillero en 1992 cuando, tras lo pactado con el hasta entonces archienemigo, entregaron sus armas rebeldes que empuñaron durante los años que luchaban por la justicia y la revolución.

En realidad, no las entregaron todas; se quedaron con algunas y no fueron pocas. Solo en cinco casas de seguridad ubicadas en Managua, luego de una explosión accidental ocurrida el 23 de mayo de 1993, se descubrió como por “arte de magia” el siguiente “guardadito”: 1,240 fusiles y 2,025 kilogramos de explosivos; 1,406,300 balas; 1,300 granadas de mortero y 3,970 granadas diversas; 350 cohetes “law” y 35,700 detonadores; 42 ametralladoras y 19 misiles “tierra-aire”. En su “mayor parte”, según Boutros Boutros-Ghali –secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en esa época– dicho arsenal estaba “en buenas condiciones”.

El 11de junio de 1993, “Leonel González” –jefe máximo de aquella tremenda y hoy extinta agrupación guerrillera, por tanto también de “Milton” y “Memito”– respondió lo siguiente: “La verdadera razón por la que no inventariamos ni destruimos todas nuestras armas fue sencillamente por la profunda desconfianza que tenemos en la fuerza armada. Ello nos obligó a esconder una última carta de negociación para garantizar el cabal cumplimiento de todos los acuerdos. Como usted sabe, los retrasos e incumplimientos de los compromisos gubernamentales, […] incrementaron notablemente nuestra desconfianza”.

Alfredo Cristiani, presidente de la República y comandante general de una Fuerza Armada que además de generar recelos debía ser depurada, puso el “grito en el cielo”. El mismo 11 de junio de 1993 le escribió a Boutros-Ghali, acusando al FMLN de violar de forma consciente su compromiso de entregar todos los pertrechos de guerra que poseía, dentro y fuera del país. Para Cristiani, la “conducta” de la contraparte de su Gobierno –además de violar compromisos adquiridos– era “sumamente grave” y podía “afectar la credibilidad de todo el proceso de pacificación”.

Así las cosas, hoy resulta que ese tan afamado y mundialmente aplaudido proceso ha sido conducido –a lo largo de sus casi veinticinco años de duración‒ por una pareja de partidos mañosos, eternamente desconfiando el uno del otro y queriendo presentarse, uno y otro, elección tras elección, como la mejor opción para salvar a El Salvador.

Por cierto, el nombre real de “Leonel González” ‒Salvador Sánchez Cerén– es bastante más conocido que los sus subordinados pasados y presentes. “Milton Méndez”, en verdad se llama Medardo González Trejo; “Guillermo Rodríguez” o “Memito” fue asentado en su partida de nacimiento como Óscar Samuel Ortiz Ascencio. Este trío ahora sí está del todo “a pecho descubierto” ante su rival. Las armas de fuego las entregaron el 16 de enero de 1992  o se las hallaron ocultas en los “tatús” de Managua, el 23 de mayo de 1993.

Pero también entregaron otras armas, quizás las más valiosas, sin acuerdo de por medio: las de los ideales y las ideas. Ya no tienen más que entregar. ¿O sí? Por eso, ahora dos de ellos despachan desde Casa Presidencial y el tercero tiene una curul en la Asamblea Legislativa que, desde el recién pasado miércoles 13 de julio, deberá ocupar a… fuerza del cumplimiento de lo ordenado por la Sala de lo Constitucional. A menos que, como en sus años mozos, convoque a otra huelga; ya no estudiantil, sino parlamentaria. Como sea –en esos espacios– cada quien con su cada cual chilla o se lamenta defendiendo una amnistía infame, ahora caída en la lucha siempre librada por las víctimas de las atrocidades.

¡Peligra la democracia! ¡Se abrirán viejas heridas¡ ¡Renacerán acusaciones sepultadas en 1992! ¡Dinamitarán los pequeños puentes tendidos! ¡Volverán el caos y la confrontación! ¡Hay que darle un “sacudón” a esa Sala “revanchista” y “golpista”! Hoy ya no hay por qué desconfiar de “su” Fuerza Armada que ni irrespeta derechos humanos de jóvenes a quienes acusan de ser “delincuentes terroristas” sin serlo, ni sus altos jefes venidos a más en el servicio exterior trafican armas de muerte. Por eso andan maniobrando, apurados para que mediante una nueva y deshonrosa legislación mantengan viva su “amorosa reconciliación”.


“Leonel”, “Milton” y “Memito” cayeron en la lucha electorera, emboscados bajo una lluvia de bombas doradas y en medio de las peligrosas urnas donde decidieron combatir para ganar votos. Pero les sobreviven Salvador Sánchez Cerén, Medardo González Trejo y Óscar Samuel Ortiz Ascencio cuyo único riesgo actual es el de pasar a la historia –a diferencia de Apolinario “Polín” Serrano, “Juancito” Chacón y Patricia “Ticha” Puertas, este sí trío grande y heroico– simplemente como “compañeros” caídos en la ducha del lugar donde habitan y disfrutan su “buen vivir”.

domingo, 17 de julio de 2016

El búmeran continúa devolviéndose

Benjamín Cuéllar

Ya son más de las diez de la noche del miércoles 13 de julio del 2016. Vengo de un conversatorio sobre grupos armados ilegales en El Salvador, el cual giró alrededor de un texto que escribí recientemente acerca de ese fenómeno criminal descalificador y deslegitimador de cualquier Estado que ‒como este de acá‒ pretende presumir ser de Derecho. Es, más bien, de “derecha”. El evento, con una nutrida y atenta asistencia, finalizó antes de las veinte horas. Comencé a redactar estas líneas tan tarde, después de atender múltiples llamadas de diferentes medios que querían conocer mis primeras reacciones sobre la noticia que acaparaba la atención casi general. Era de esperarse. La Sala de lo Constitucional acababa de anunciar su sentencia sobre dos demandas que presentamos el 20 de marzo del 2013, día exacto en que se cumplían veinte años de aprobada la infame amnistía.

Lo primero que le expresaba a todos, antes  de comenzar a grabar, era en realidad una súplica: por favor no me pregunten sobre el fondo de lo resuelto, porque no lo conozco. Disculpen, les rogaba. Únicamente podía hablarles, en ese instante, de mis sentimientos. Mi persona no daba para más. Esa era la única posibilidad que tenía, pues tenía el corazón en la mano y la mirada puesta en las víctimas que son ‒sin regateo alguno‒ las grandes e insustituibles protagonistas de la historia más dolorosa de El Salvador y de la lucha por transformarlo en un país presentable, amable y agradable.


Sus verdugos se perdonaron entre sí a conveniencia. Sabían que más tarde o más temprano se alternarían las riendas gubernamentales; mientras, tras bambalinas, eran manejados cual simples marionetas de los poderes ominosa y supuestamente ocultos. Eso comenzó a gestarse desde que se sentaron a negociar y pactar su paz. Como varias veces he dicho, escrito y discutido, no solo fueron seis los acuerdos entre los señores de la guerra para garantizarse su tranquilidad; esos fueron los escritos y firmados en Ginebra, Caracas, San José, México, Nueva York y Chapultepec. 

Hubo uno más que no quedó escrito; mucho menos fue firmado. Se trata del arreglo que a la gente más sufrida le torció el rumbo hacia el ofrecido y anunciado, ansiando y hasta ahora nunca alcanzado “paraíso terrenal”. Más adelante, para asegurarse, redactaron lo que en un burdo y ofensivo eufemismo denominaron “Ley general de amnistía para la consolidación de la paz”. Pero ya la desmoronaron quienes debían hacerlo: las víctimas luchadoras, nunca derrotadas, y sus desbordantes ganas de lograr para esta sociedad y su historia la verdad, la justicia y la reparación integral. Lo hicieron y lo seguirán haciendo con toda su dignidad, la cual trasciende cualquier inmoralidad oficial o electorera.

Los ojos del país y el mundo están puestos únicamente en la declaración de inconstitucionalidad de ese adefesio normativo que mantuvieron en vigencia durante veintitrés años, sin importar las críticas y condenas de dentro y fuera del territorio nacional. Aún sin leer íntegramente el texto emitido por la Sala, se sabe que lo resuelto tiene efectos generales y es de aplicación inmediata; por ello, nadie podrá invocar la amnistía tumbada como lo hicieron hasta ahora: como el impedimento para juzgar casos de graves violaciones de derechos humanos y crímenes internacionales, ocurridos antes y durante el conflicto armado.

Pero la decisión comunicada ayer va más allá jurídicamente, para asegurar el cabal cumplimiento de lo anterior. Estipula que los crímenes contra la humanidad no prescriben con el transcurso del tiempo; así se abre la puerta para que efectivamente se imparta justicia y el país avance hasta llegar a ser normal y decente. Dicho con otras palabras: un país cuyas instituciones funcionan sin importar quién es la víctima y quién el victimario. Esto es lo único que no se ha intentado en El Salvador de la posguerra: combatir y derrotar la impunidad propiciadora de inseguridad y violencia, de corrupción y desigualdad. Ahora, pues, también se ha abierto la esclusa para comenzar a navegar a buen puerto: al de una paz cierta y sólida, por estar fundada en la verdad y la justicia.

Aquel 20 de marzo del 2013, con el calor de muchas víctimas, presentamos esas dos demandas de inconstitucionalidad: una contra la ignominiosa amnistía y otra contra la prescripción de los delitos de lesa humanidad. La inconstitucionalidad de la primera sin obtener la de la segunda, no hubiera pasado de ser algo simbólico pues se habría dejado viva la posibilidad de que los perpetradores ‒de uno u otro bando‒ alegaran que se había agotado el plazo para su persecución penal. Pero gracias a la asesoría de Paula Cuéllar, candidata al Doctorado en historia y derechos humanos, decidimos  atacar dicha traba; el primer borrador de esta segunda demanda lo elaboró ella. Gracias, pues, querida Paula. Y gracias también al entrañable Pedro Martínez, quien con su conocimiento jurídico e indudable compromiso elaboró la primera: la que cercaba a la amnistía, cuya derrota es ahora un hecho. 




Pero el sitial de honor, el agradecimiento más alto y el mayor reconocimiento es para las víctimas que desde su condición nunca flaquearon. Siempre estuvieron en pie de lucha, demandando lo que merecen: verdad real, justicia plena y reparación integral. Su linda y legítima terquedad, apartó ya del camino aquella piedra de tropiezo; esa que Francisco Flores, cuando era presidente, llamó la “piedra angular de los acuerdos de paz”. Ya no hay, pues, amnistía que valga. Pero siguen ahí los cobardes que se cubrieron con ese trapo sucio. Por ello, habrá que aspirar y esperar que esta “buena nueva” sirva para fortalecer la organización de sus víctimas y agigantar los esfuerzos de estas. Son mis mejores deseos.