lunes, 25 de mayo de 2015

Con los colochos hechos

Benjamín Cuéllar

El primer día de mayo de 1979, el Bloque Popular Revolucionario –el combativo BPR– salió a la calle a conmemorar a la clase trabajadora. Eran tiempos de sangre y muerte entre las mayorías populares, sobre todo, y en casi todo el territorio nacional. Pero también de lucha, a veces poco más o menos hasta suicida; pero, por lo general, necesariamente noble en esa época. Tal escenario doloroso y luctuoso, no disminuía la batalla por el cambio radical; al contrario, la incrementaba. No había de otra. En semejante entorno, aún no era el momento álgido de las grandes masacres; pero las detenciones ilegales y las desapariciones forzadas, sí estaban de moda y creciendo en número. Los tambores de guerra retumbaban fuerte en Nicaragua y en El Salvador comenzaban a sonar cada vez con más fuerza. Centroamérica se incendiaba con un fuego político militar abrasador y arrasador.

Eran tiempos insufribles para casi todo el mundo excluido y reprimido en la misma subregión de ahora: el “triángulo norte” centroamericano. Pero no eran los mismos criminales de hoy. Bueno. En realidad, quién sabe si eran los mismos, sus herederos o sus estructuras criminales y lucrativas. En aquellos años, los patrocinadores y los encubridores, los sucios financieros y los socios “escuadroneros” de un Estado criminal, mataron un arzobispo; ahora no… hasta ahora. De seguir así, ¡quién sabe qué siga! En México asesinaron al arzobispo de Guadalajara –Juan Jesús Posadas– también en mayo pero de 1993, en medio de las guerras entre el crimen organizado y los Estados desorganizados. 

En ese mayo sangriento salvadoreño de 1979 fueron capturados, también el primer día del mes, Facundo Guardado –de generales conocidas– y Ricardo Mena, líder estudiantil en aquella lejana Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”. El 8 de mayo, en el atrio de la Catedral metropolitana fue masacrada una manifestación del mismo BPR cuando se reclamaba la libertad de sus cabecillas. No solo de Facundo y Ricardo; también de Óscar López y Numas Escobar, quienes pertenecían a la Unión de Pobladores de Tugurios y a la Unión de Trabajadores del Campo, respectivamente: las inolvidables e inefables UPT y UTC. Se exigía, además libertad para Marciano Meléndez, el querido “Chanito”.

De este último, el movimiento estaba claro que ya lo habían ejecutado; sobre Óscar y Numas, aún quedaba alguna esperanza. Los dos primeros fueron los únicos que el régimen encabezado por el general Carlos Humberto Romero entregó con vida, no por su gusto sino después días en los que la muerte se paseó por el país, principalmente en su ciudad capital. Toda la coyuntura cruenta duró, más que nada, desde ese fatídico 8 hasta el 22 de mayo cuando fue disuelta a sangre y fuego una marcha que se dirigía a la embajada de Venezuela, tomada entonces por integrantes del BPR. Durante ese período, casi todos los días hubo que enterrar víctimas asesinadas por fuerzas gubernamentales. La guerrilla también acribilló, el 23 de mayo, a Carlos Antonio Herrera Rebollo quien era Ministro de Educación y había sido alcalde de San Salvador por el Partido Demócrata Cristiano.

Además del militar y mandatario impuesto el 20 de febrero de 1977, otro Romero también se convirtió ese mismo año –dos días después de la toma de posesión del general– en figura pública nacional: monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez pasó a ser el IV arzobispo de San Salvador, también impuesto según algunas personas y grupos que no lo veían con buenos ojos pero que ahora no paran de alabarlo. Y es que a estas alturas de la historia, más de alguna gente de entre aquella que reventó cohetes la noche del 24 de marzo de 1980 –festejando el magnicidio– estuvo montada en el templete principal, durante el acto oficial de beatificación del mártir que amó y defendió la fe en serio y sin regateos; lo hizo en aquellos tiempos de cólera y aflicción, desde el lugar que muchos de sus actuales veneradores no lo hicieron: desde la opción preferencial por la defensa de los derechos humanos de los sectores más vulnerables por la exclusión y la represión.

A López y Escobar los capturaron y desaparecieron la noche del 25 de abril de 1979. Una joven bella de quizás apenas diecisiete años, pobladora de la “22 de abril” pero refugiada en la “Tutunichapa” por su militancia en la UPT, iba con ambos pero logró correr; la cosieron a balazos y, así, María Elena Salinas falleció en el instante. De estos tres casos, monseñor Romero no dio cuenta en su diario pues viajó a Roma dos días después. Por cierto, sus maletas se quedaron en Madrid; por ello debió vestir sotana y faja ajenas para asistir a la beatificación de dos sacerdotes.

Pero lo sucedido el 8 de mayo si lo registró el arzobispo mártir ya que un día después de ocurrida la masacre monseñor Ricardo Urioste –entonces vicario general arquidiocesano– le dio la noticia por teléfono estando aún en la capital italiana. Ya en el país, la primera homilía dominical de Romero fue la del 13 de mayo. Guardado y Mena ya estaban libres; del resto, nunca se supo nada. Ese día, entre los hechos de la semana, afirmó que no solo el BPR sino todas las personas de buena voluntad en El Salvador debían exigir al Gobierno el respeto de la ley y la libertad de sus hermanos. Y agregó que del 22 de febrero hasta el 8 de mayo de ese año, el Socorro Jurídico Cristiano había documentado trece desapariciones forzadas; sumadas a las anteriores, se tenía un total de 127 de esos crímenes contra la humanidad. “¡Son nuestros hermanos –exclamó Romero– y queremos saber dónde están!”

Se ha prometido –añadió– que se hará una investigación exhaustiva. ¡Cómo nos gustaría!, es lo justo. Pero tenemos un temor. Si una investigación va a correr la misma suerte de la que el 14 de septiembre se pidió a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para que observase e investigase la situación de los derechos humanos en El Salvador, no hay mucho que esperar. Ciertamente es lo justo; pero con el fin de aceptar responsabilidades, de sancionar a los culpables y de enmendar errores. Para mí, esto es lo más grave: que se cometen errores y no se reconocen. Todos tenemos que reconocer nuestros errores y no distorsionar la verdad para una aparente salvación del honor”.

Por todo lo anterior y porque tampoco ha habido investigación y justicia en el caso de Rutilio Grande, monseñor Romero dejó “con los colochos hechos” a quienes organizaron la parafernalia oficial sabatina. Porque, luego de la ejecución de Rutilio Grande a pocos días de convertirse en arzobispo metropolitano, el santo patrono de los derechos humanos le reclamó al presidente por no averiguar la verdad sobre la muerte de este jesuita y dijo que no participaría en ningún acto de esos mientras ello no ocurriera.



Y como no ha ocurrido, el primer mártir salvadoreño y el salvadoreño más universal estuvo este sábado 23 donde siempre ha estado: con su pueblo entre la multitud que se asoleaba durante su beatificación, en las comunidades dolientes del país, con quienes salieron huyendo del mismo por la violencia y la falta de oportunidades… En fin, parafraseándolo, con el pueblo sufrido cuyos lamentos siguen subiendo hasta el cielo cada día más tumultuosos y que lo venera de verdad. 

viernes, 15 de mayo de 2015

Justicia y transición

Benjamín Cuéllar

El Salvador, dicen, pasó de la guerra a la paz. ¿Será cierto eso? Dentro y fuera del país hace veinticinco años, ¿cuánta gente dibujó en sus rostros amplias sonrisas al ver, con muy buenos ojos, el inicio de las negociaciones y de la firma de los acuerdos entre las partes beligerantes allá en Ginebra, Suiza? Mucha, muchísima. Tiempos mejores estaban por venir para el país, pensaban y declaraban. De aquella guerra no se pasó a la paz, sino a una posguerra cruenta que –finalizada– le dio paso a lo que ni los Gobiernos que se han sucedido de 1992 a la fecha ni muchas otras voces que le auguraron linduras a esta sociedad, se atreven a reconocer: a un Estado en pie de guerra permanente.

¿Fallido o no? Esa discusión es una más de las exquisiteces que mantienen entretenidas y polarizadas a ese par de maquinarias politiqueras “iluminadas” que trazaron en teoría un buen camino hacia la paz, pactando honrar su palabra con el cumplimiento de sus compromisos. Pero a la hora de las horas, no supieron o más bien no quisieron transitarlo de la mano para alcanzar esa que –todavía a estas alturas– sigue siendo una quimera para las mayorías populares nacionales. Por eso se vive en un Estado en pie de guerra, donde el estado en que se encuentran esas mayorías es el de una permanente violencia que produce a montones ejecuciones individuales y masacres, torturas y desapariciones forzadas. Todo eso,  con el consiguiente terror entre las mismas.

Esas prácticas criminales horrendas no se quedaron en aquel pasado sangriento y aún oscuro por el ocultamiento de la verdad, del que decían se salió el 16 de enero de 1992 con la firma del último acuerdo entre la guerrilla desaparecida –en toda la extensión de la palabra– y del entonces Gobierno que ocupó, igual que sus antecesores, el ejército y los cuerpos policiales para violar derechos humanos. No, para nada. Esas prácticas siguen siendo, como antes, el amargo pan de cada día tragado allá donde siempre y por la gente de siempre: las personas y comunidades excluidas de todo, sobre todo de las justicias social y penal.

Y eso, ¿por qué continúa? Tal pregunta me la hice de nuevo –me la he y la he formulado infinidad de veces– en ocasión de una reciente reunión a la que por suerte asistí para reflexionar, junto a un selecto grupo de colegas, sobre los nuevos principios de la jurisdicción universal. Ese proceso, liderado por Baltasar Garzón junto a la entidad que fundó y lleva su nombre, ha sido y será –hasta su final– sumamente rico y participativo. Arrancó en mayo del 2014 con el Primer Congreso Internacional de Jurisdicción Universal en Madrid, el cual convocó por cuatro días a personas expertas de diez distintos países que debatieron sobre lo qué ha pasado en el mundo, lo qué está pasando y lo qué pasará con este asunto vital. 
Camino a presentar demandas de inconstitucionalidad
contra la Amnistía y la prescripción de graves violaciones de
ddhh y otros crímenes atroces
  
En el recién realizado encuentro, conducido magistral y amenamente por el citado juez Garzón, me tocó “bailar la canción más fea”: fui el último que intervino después de dos arduos días de trabajo, tras haber visto “bailar” mejor al reducido resto de colegas. De los principios asignados para provocar el debate, me tocaron tres: el quince, el dieciocho y el diecinueve. El último trata sobre la interpretación de los dieciocho anteriores, así que no había más que mencionarlo. Pero el primero y el segundo que expuse me cayeron como “anillo al dedo”, porque tienen que ver del todo con una realidad dolorosa pero hermoseada: la salvadoreña. Tratan sobre justicia transicional, y víctimas y testigos.  

Para ello me “agarré” de dos casos emblemáticos: el magnicidio del casi beato Romero y la masacre en la UCA, por la casi segura extradición del “Inocente” Montano. Ambos debían cimbrar ese proceso iniciado aquel 4 de abril de 1990 en Ginebra cuando en el país, al igual que en la Colombia actual, el conflicto armado seguía. El documento firmado ese día era el punto de partida, pero a la vez planteaba en el horizonte el de llegada: la pacificación. 

Luego vino el Acuerdo de San José sobre derechos humanos, del 26 de julio del mismo año. Entonces se convino darle “toda la prioridad a la investigación” de graves violaciones “que pudieran presentarse, así como a la investigación y sanción de quienes resultaren culpables”. Finalmente, en Chapultepec las partes se comprometieron –articulo 5, capitulo I– a superar la impunidad afirmando que las graves violaciones de derechos humanos y otros crímenes atroces, “independientemente del sector al que pertenecieren sus autores”, debían “ser objeto de la actuación ejemplarizante de los tribunales de justicia”, para aplicarle “a quienes resulten responsables las sanciones contempladas por la ley”.
Coronel Inocente Montano, preso en EUA por delitos migratorios;
acusado en España por la masacre en la UCA

Además, le facilitarían a la Comisión de la Verdad toda la información que tuvieran; asimismo, reiteraron que no se debía “impedir la investigación ordinaria de situaciones o casos, hayan sido investigados o no por la Comisión de la Verdad, ni la aplicación de la ley cuando así procediera”. Pero –como canta “Juanga”– “inocente, pobre amigo” quien les creyó. Deshonraron del todo su palabra. De ahí la respuesta al porqué el país se sigue desgarrando con gente que continúa muriendo y desapareciendo: porque ambos bandos se premiaron entre sí con la impunidad y con la misma despreciaron a sus víctimas. 

“El derecho a la verdad, que es a la vez un derecho individual y colectivo, es esencial para las víctimas, pero también para la sociedad en su conjunto. El esclarecimiento de la verdad sobre las violaciones de los derechos humanos del pasado puede ayudar a prevenir los abusos de los derechos humanos en el futuro”. Eso acaba de decir Ban Ki-moon el 24 de marzo, “Día internacional del derecho a la verdad en relación con violaciones graves de los derechos humanos y de la dignidad de las víctimas”. Por poco es más largo el nombre que el primer propósito de lo conmemorado, que no por eso deja de ser el más importante. “Promover la memoria de las víctimas de violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos y la importancia del derecho a la verdad y la justicia”, reza el mismo.

Pero más allá de eso, están las palabras del pastor hecho santo por el pueblo desde su asesinato y no por decreto del Vaticano; mucho menos por gestión gubernamental alguna. Así profetizó en 1978 lo que después llamarían justicia transicional: “La Iglesia no tiene un afán, una pretensión de estar aquí solo hablando por denunciar. ¡Yo soy el que siento, más que todos, la repugnancia de estar diciendo estas cosas! Pero siento que es mi deber, que no es una espectacularidad sino simplemente una verdad. Y la verdad es la que tenemos que ver con los ojos bien abiertos y los pies bien puestos en la tierra, [con] el corazón bien lleno de Evangelio y de Dios, para buscarle soluciones”. Y para Romero, la solución es la justicia. “Solo la justicia –auguró– puede ser la raíz de la paz”.

Por eso en este país donde las personas hoy “todassomosromeristas”, no hay paz ni parece que se esté asomando por ahí. Los que ya se asomaron y salieron a guerrear son los batallones élites; ojalá, al menos, no se llamen como sus padres: “Arce”, “Bracamonte”, “Belloso”, “Atlacatl” y demás. Romero, desde su defensa local de los derechos humanos se convirtió en el símbolo universal de la misma; pero en lo local, ese reconocimiento universal no ha impactado al Estado para hacer valer los derechos a la verdad, la justicia y la reparación de las víctimas. Ese Estado ha renunciado a su deber de investigar, por falta de valor o por la cómoda impunidad para quienes lo han conducido después de la guerra.

Ante esa realidad y no teniendo opciones por el momento, más que esas dos maquinarias electorales, la conclusión se resume en una palabra: poder. Pero vista como sustantivo y verbo. Es cuestión de generar el necesario poder de las victimas de antes, durante y después de la guerra para poder tener su decisivo protagonismo; no electorero, sino en la lucha contra la impunidad. Solo así se avanzará en una transición hacia esa paz que aún no llega. Para ello se debe pasar de la abundante indignación a la efectiva acción, se debe trabajar con la suficiente pasión y soltar la creativa imaginación, se deben impulsar procesos de educación en derechos humanos y promover la organización alrededor de los mismos. Ese sería el milagro más importante de Romero y el mejor homenaje a su figura universal.

Marcha del 22 de enero de 1980, con más de 200,000 personas. Reprimida por el régimen.

martes, 28 de abril de 2015

Tiempos difíciles

La situación conflictiva del país se había empeorado desde el golpe de Estado del 15 de octubre de 1979, cuando jóvenes oficiales derrocaron al régimen del general Carlos Humberto Romero.  
http://www.contrapunto.com.sv/cpcultura/cultura/la-anecdota/cronica-de-dias-dificiles-crimen-de-un-arzobispo

Un buen consejo: marchando van

Benjamín Cuéllar

“Se necesita algo de llanto y entonar un dulce canto, para sentirse capaz de reclamar por la paz que necesitamos tanto...” Bastante llanto se derramó y se sigue derramando, tanto en este país como en el resto del llamado “triángulo norte de Centroamérica”. Pero, además, esa letra del mexicano Marcial Alejandro reclama entonarle estrofas a la gran ausente –desde siempre– en estas heredades: la paz. “Artistas unidos” le ofrendaron una “rola” en 1992, tras el fin de aquella guerra salvadoreña; aceptable era su letra, pero se quedó corta. Luego, “Músicos unidos” se lanzaron de igual forma en pos de ese sueño postergado, como parte de una campaña de las Naciones Unidas iniciada al comienzo de la presente década. “Yo decido vivir en paz” llamaron a su simpática y pegajosa tonada. Sin embargo, ¿hoy qué queda oír? Más lamentos y llantos lastimeros, con fondo musical de… ¡tambores de guerra!

Ya anunciaron las actuales autoridades al más alto nivel, la creación de batallones de reacción inmediata para “limpiar” el país de delincuentes; ya se ve venir la militarización total de sus sectores más paupérrimos, como tabla de salvación nacional; ya está empuñada el arma para darle el “tiro de gracia” al “punto de honor” que Shafik Handal y compañía plantearon, en uno de los acuerdos con “el enemigo” hace casi exactamente veinticuatro años –el 27 de abril de 1991– en la ciudad de México. Con todas sus letras, la entonces audaz guerrilla declaró unilateralmente “que la redacción del Artículo 211 (de la Constitución) en el punto que define a la Fuerza Armada como institución ‘permanente’ no es acorde con su posición sobre el particular”.

Pero ahora, en la subregión central de América, faltaba poco para que El Salvador no desentonara. Según parece, se encamina a pasos agigantados y veloces a ser como la Guatemala donde está por salir un presidente acusado antes como violador de derechos humanos y embarrado ahora de los pies a la cabeza –durante su gestión al frente del vecino país– por una escandalosa corrupción. ¿Y Honduras? Infortunado pueblo catracho donde la “maña vieja” de golpear al Estado ha hecho de su destino, un desatino de violencia y también de corrupción. Y en ambos territorios, sigue enseñoreado el crimen organizado en toda su expresión. En fin, le apostaron a “acuartelar” ambas sociedades y vean como les va.

Acá lo que pasó fue distinto. Hubo una guerra de verdad y el ejército no la ganó, pese al apoyo estadounidense con dinero, armamento y tecnología. Acá, la insurgencia no fue vencida porque la apoyó el pueblo y le dio vuelo a la creatividad para nacer, crecer y desarrollarse. Acá también, para frenar ese enfrentamiento armado, hubo acuerdos entre los bandos y diversos organismos permanentes o especiales de las Naciones Unidas fueron testigos privilegiados, mediadores y verificadores de los compromisos que dichas partes asumieron. Acá, pues, hay lecciones de dolor y esperanza de las cuales se debería aprender para enfrentar los problemas –por graves que sean– y salir adelante.

Pero no. Se le sigue apostando a lo mismo. Más allá de lo que pueda opinarse sobre lo  de la milicia guanaca sobre su “profesionalismo”, aunque incapaz de vencer a unas fuerzas populares y de liberación en aquella guerra, hay que repensar ese “honroso” sitial en el que se le ha querido colocar después de dicho conflicto bélico. Para muestra en contrario, dos botones. Primero: sus mandos nunca abrieron archivos ni estimularon a su personal, para colaborar con las víctimas de graves violaciones de derechos humanos, crímenes de guerra y delitos contra la humanidad que legítimamente reclaman verdad, justicia y reparación. Ello, pese a que en el Acuerdo de Chapultepec –del 16 de enero de 1992– se reconoció necesario “esclarecer y superar todo señalamiento de impunidad de oficiales de la Fuerza Armada”; también se afirmó entonces que los tribunales debían actuar ejemplarmente, sancionando a los autores de las atrocidades ocurridas.

Segundo: en la posguerra se han conocido casos de contrabando de armas y otros hechos delictivos al interior de la institución castrense, sin que se haya hecho mayor cosa por investigar hasta el fondo ni castigar a sus principales responsables. Pero hay algo más de lo que no se habla mucho. Ahora que la población –hastiada y desesperada por la criminalidad, la inseguridad y la violencia– ve con buenos ojos que nazcan los hijos del “Atlacatl”, el “Atonal” y el “Belloso” en los cuarteles o que clonen a Domingo Monterrosa, nadie o casi nadie se acuerda desde cuándo se estrenó la Fuerza Armada del “nuevo El Salvador” en tareas de seguridad.

Otra vez hay que leer despacito –muy despacito, decía José Alfredo Jiménez– el Acuerdo de Chapultepec. El mantenimiento de la paz interna, la tranquilidad, el orden y la seguridad pública no tiene que ver con su misión; por eso se convino y además está en la Constitución, que solo excepcionalmente podría meterse en esos asuntos; únicamente cuando se hubieran agotado los medios ordinarios para ello. Pero el ejército está “excepcionalmente” en ese afán, que no es parte de su mandato constitucional, desde julio de 1993. Alfredo Cristiani lo sacó entonces con el “Plan Vigilante”; Armando Calderón Sol con los dos “Guardianes”. De ahí en adelante se llamaron “Caminante”, “Grano de oro”, “Tregua I”, “Tregua II”, “Mano dura” y “Súper mano dura”, hasta meter las extremidades inferiores con las “patadas de ahogado”. ¿Y qué se ha resuelto con cerca de ocho mil soldados a la fecha, aplanando calles en las ciudades y veredas en los cantones? Y si eso vuelve a fallar, ¿qué queda?

Pero quieren vender la Fuerza Armada como parte de una “nueva estrategia”. Lo que pueden conseguir, de seguir así y como dicen por ahí, es “que les den en la nuca” como pasó en Honduras. Tan consentidos están los militares que mientras José Atilio Benítez desacataba, Jorge Palencia aconsejaba. ¿Quién es el primero? El que fue viceministro y ministro de la Defensa Nacional en tiempos de Mauricio Funes, al que desobedeció manteniendo los homenajes institucionales a violadores de derechos humanos castrenses. Como “castigo”, su entonces flamante “comandante general”  lo mandó como embajador a España y el actual lo trasladó a Alemania.

¿Quién es el segundo? Pues quien fungía como consejero en la sede diplomática salvadoreña allá en Madrid y de quien todo mundo esperaba sería el representante “rojo” salvadoreño ante aquella monarquía. Pero no. Le tocó mudarse acá cerquita a Guatemala, donde sí es el embajador de este Gobierno. Pero qué “baje” le dieron a quien en la década de 1970 “sudó la camiseta” y “se jugó el pellejo”, siendo coordinador del Movimiento de la Cultura Popular; el “MCP”, le decían, del aguerrido Bloque Popular Revolucionario.

Y a propósito de aprender de las lecciones de dolor y esperanza que quedaron de aquellos años, el querido “viejo” Palencia supo sintetizar una con la letra de su pluma y los acordes de su guitarra. “Marchando van –cantaba– los obreros con las manos campesinas. Qué belleza, qué belleza compañeros… La alianza obrero-campesina. ¡Los oligarcas ya se han puesto a temblar!”. Esa alianza en el abajo y el adentro del país, donde corre la sangre de las víctimas que desesperadas ya no hayan qué hacer, debería reeditarse para poner a temblar a la delincuencia exigiéndole a las autoridades estatales con marchas como las de antes – auténticas y combativas– que la enfrente en serio.


“Basta y sobra con recordar lo que nos hizo llorar la madre naturaleza, para no pensar jamás que son la guerra y la paz un simple juego de mesa” Eso dice la canción de Marcial Alejandro, finamente interpretada por Tania Libertad y recordada al principio de estas líneas. Que dejen ya de jugar, pues, con esos asuntos en las lujosas mesas de los poderes. Porque en este país “se necesita mucha firmeza, el amor y la ternaza… Ganas de reconstruir y nunca más permitir que perdamos la cabeza”.


viernes, 24 de abril de 2015

Cuanto te amo

Cuando te amo, cuánto me elevo hasta el tope de un silencio que armoniza la brisa, que sostiene con prisa el momento en que presencio tu sonrisa. Y entonces, ¡cuánto te amo!


lunes, 20 de abril de 2015

¿Y qué culpa tengo yo?

Benjamín Cuéllar

“No tuvo culpa quien nos inventó el dinero ni el pobre chino que a la pólvora dio a luz, ni la oratoria encumbrada de los griegos ni el carpintero de la tan famosa cruz”. Qué bien y con cuánta razón canta esto “Buena fe”, el hasta ahora excepcional dúo caribeño que es sensación musical dentro y fuera de su isla natal. Y qué bien –¡pero qué bien!– le cae al pelo esa tonada a este sufrido país en el que, ni marchando por sus calles de San Salvador y otras ciudades al son de “La ballamesa”, el “bueno” logra derrotar al “malo”.

Contemplad nuestras huestes triunfantes, contempladlos a ellos caídos. Por cobardes huyen vencidos; por valientes… supimos triunfar”. Ni esa inspiradora lírica de ese que es el himno nacional cubano, llama a pensar y mueve a El Salvador entero para que la sociedad y los aparatos de gobiernos central y locales se unan después y más allá de la numerosa caminata reciente –gozada, obligada, alabada y hasta ninguneada– para lanzarse en pos de hacer realidad lo que hace más de veintitrés años se pactó: la “paz”.

Pero lo que se logró, esta solo alcanzó para los guerreros. Esa “paz” tantas veces examinada por los sistemas intergubernamentales universal y americano, por académicos y pensadores, analistas muy listos y demás, no dio para más. Porque, hasta ahora, esa “paz” exclusiva y excluyente no ha sido saboreada por las víctimas de antes, durante y después del pleito armado entre aquellos que no murieron en el mismo aunque sí lo dirigieron y se sirvieron con las cucharas más grandes.

Pero bien y con toda la razón, “Buena fe” entona lo siguiente: “Ni aquella bala de andar perdida, ni los gusanos en la cosecha podrida… Huérfana culpa vuela sin dueños. Donde se pose, nunca crecerán los sueños… No tiene culpa el papel por lo que aguante ni el instrumento por el disonante acorde, ni las costuras para que se vea elegante la recia porra que cuelga del uniforme”. Y sigue necia esta pareja inmejorable de creadores culturales nacidos en Cuba: “Me duele tanto cuando la culpa –¡ay, la culpa, la maldita culpa!– no la tiene nadie”.

De las inseguridades ciudadana, económica y jurídica –por no mencionar otras tantas más,  vigentes y dolientes– nadie, nadie tiene la culpa en El Salvador. En este país no son culpables de eso ni ARENA con su veinte años de mal Gobierno y sus casi seis de deficiente oposición, ni el FMLN al revés. Bien les valdría mejor entonar como alabanza conjunta de un bipartidismo hipócrita e indolente ante el dolor profundo de las víctimas, intentando tener conciencia de sus deudas con las mismas y armonizando a una sola voz con un poquito de decencia ante el pueblo –el que no le pertenece ni a uno ni a otro– lo que alguna vez cantó y puso de moda el venezolano José Luis Rodríguez. “No te engaño al pedirte perdón –imploraba “El Puma”– por el daño que pude causarte. No des vueltas buscando un culpable. ¡Culpable soy yo!”  
   
Pero no. Acá, en la que consideran su finca, “culpable es el otro y no yo”. Eso dicen ambos partidos que tiene en sus manos el hacer y el no hacer en la politiquería vernácula. Es ese el “ping-pong” guanaco de la evasión de responsabilidades mutuas y la falta de compromisos de país; es el andar permanentemente enfrascados en “dimes y diretes” necios y por gusto, no en función de las víctimas de un sistema generador de muerte lenta y violenta sino de los votos –los tan ansiados votos– de la próxima elección. La “culpa real” dijeron antes los unos y hoy dicen los otros –ambos chocantes entes electoreros– la tuvieron y la tienen quienes informan sobre lo que pasa en esa realidad hambrienta y sangrienta.

Lo que sí es cierto, es que hay una tremenda culpa dentro de una sociedad blandengue que no culpa y no castiga a esas maquinarias partidistas sin alma de pueblo sufrido y sufriente; dentro de una sociedad que no les reclama con fuerza y sin treguas, que cumplan el mandato constitucional de tener a la persona humana como centro de la actividad estatal y alcanzar el bien común. Sí tiene culpa la sociedad salvadoreña de no exigirles que trabajen para eso y que, de no hacerlo, expíen sus culpas en el averno del ostracismo político. 

“Lo que grita la calle, el informe lo oculta”, dice la gente y la canción. Por eso, peor aún. Pero no se puede tapar el sol ni siquiera desde el “poder”, señalando con un dedo acusador a quien observa la realidad y critica los responsables de que esté tan mal. Parafraseando a “Buena fe”, la cobardía pretende ocultarse con el disfraz de la tolerancia. No tener la valentía para tocar lo intocable es “políticamente correcto”, porque hay que ser “complacientes” para no arriesgar esa “paz” exclusiva; esa “paz” que nunca ha disfrutado la gente de abajo y de adentro, a la que recurrentemente le piden los votos queriendo convencerla de que son los otros los culpables del mal común.

Esas han sido y son las guías máximas de los gobiernos que después de la guerra en El Salvador, sin vergüenzas de ningún tipo, han defraudado a sus mayorías populares. Pero también, es ese el desafío a encarar por parte de estas para cambiar en serio lo que las abruma día a día. Porque hay otra culpa, según el citado y pequeño texto musicalizado hecho de muy buena fe por ese par de intérpretes cubanos.

Ambos le cantan muy afinados y mejor atinados a una “ilusión como linterna en la penumbra”. Dice la letra de su novísima trova: “Quiero esa culpa de empinar los imposibles que mis abuelos me obsequiaron en la infancia; denme la culpa de estallar cuando se arrime la cobardía con disfraz de tolerancia. Culpa coraje, culpa valiente”. Bien dicho, “Buena fe”. Porque de no ser así, ¿de qué otra forma será posible enfrentar y superar todo eso que angustia, desespera y hace morir, desaparecer y emigrar a otras tierras a tanta población salvadoreña?

Si no se explota de indignación y con coraje, si no se pasa del lamento al grito y a la acción con inteligencia y creatividad, ¿qué va a cambiar solo yendo a cada rato a las urnas sin opción real para que gane el país? Como bien dicen en México y bien sirve para ya dejar de hablar de culpas no asumidas arriba y no reclamadas abajo: “No tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre”





lunes, 13 de abril de 2015

¿Qué tal si deliramos un ratito?

"Pero en este mundo, en este mundo chambón y jodido, seremos capaces de vivir cada día como si fuera el primero y cada noche como si fuera la última" 
(Eduargo Galeano, del 3 de septiembre de 1940 hasta hoy, 13 de abril del 2015, y para siempre...)