domingo, 8 de enero de 2017

Pleito de mercados

No hablo de lo que cualquiera podría asumir con simplicidad: puteadas y hasta golpes de por medio entre dos “viejas placeras”. Lo último, mal usado, es “peroyativismo” barato y cómodo. “Viejas” son, entre las diversas acepciones ofrecidas por los celadores del idioma, quienes merecen afecto e inspiran confianza. “Viejo, mi querido viejo” cantó, por ejemplo, Piero. Y nadie se ofendió. Es más, muchísima gente tarareó esa letra en algún “día del padre” y ‒cariñosamente o por costumbre‒ la entona al menos una vez al año durante esa celebración. Y “placeras” son las personas, hombres y mujeres, que trabajan en la plaza. No hay dónde perderse.

Aclarados esos términos, es necesario precisar algo más. Por “pleito de mercados” debe entenderse, en esta oportunidad y para estos fines, no las antes referidas peleas sino la “bajera” politiquería que le recetan desde hace tanto a este “paisíto” quienes acordaron ‒veinticinco años atrás‒ terminar su guerra en las trincheras para prolongarla en las urnas. Cuánta razón tuvo el enorme Roque, irreverente y hasta hoy eternamente atrevido, cuando afirmó que “deberían dar premios de resistencia por ser salvadoreño”. 



Pero, conste, no fue Roque quien motivó la redacción del presente comentario. Fue otro grande de las letras también nacido en esta sufrida tierra: Francisco Andrés Escobar, maestro de maestros. Hace nueve años, el 2 de enero del 2009, La Prensa Gráfica le publicó un texto en el que se lee esto:

Respecto del país, como ya entramos al otro año, la cosa de las elecciones se va a ir poniendo cada vez más peluda. Según las encuestas del 2008, la gente piensa que la campaña es sucia. Y es que muchos políticos actúan como viejas placeras sacándose los trapos al sol. ¿Para qué gastar tanto pisto en propaganda, digo yo, para ver y oír lo que ya sabemos?”

Francisco, en el ocaso de los gobiernos centrales de la derecha y la víspera del inicio de los de “izquierda”, sí echó mano del imaginario popular en lo que toca al “pleito de mercados” entre mujeres vendedoras. Ojo, también hay “viejos placeros” desde esa óptica violenta y vulgar.

¿A qué viene todo esto? Tiene que ver con lo que recientemente ocurrió en los municipios de Santa Tecla y Mejicanos; el primero en manos de ARENA y el segundo en las de su supuesta antípoda: el FMLN. Enfrentamientos entre las autoridades versus quienes intentan ganarse la vida vendiendo lo que sea, dentro y fuera de esos espacio públicos para la compra y venta de artículos de primera, segunda y hasta quién sabe qué necesidad.

Surgen explicaciones y acusaciones similares entre quienes presumen estar “al servicio de la gente”, cuando son confrontados precisamente por gente que reclama el derecho a ganarse la vida en un país donde ‒desde siempre‒ las oportunidades para disfrutar un digno desarrollo humanos no se “venden en la tienda de la esquina”. Así diría “Aniceto Porsisoca”, el célebre cómico salvadoreño fallecido hace casi veinticuatro años.

Donde reina ARENA, esos conflictos son “estrategia desestabilizadora” del rival; donde impera el FMLN, lo mismo pero al revés. Y para meter relajo en busca de votos, “palabrean” ambos dinosaurios, su contrario ocupa a las maras. 



¿Qué dijo el “arenero” Roberto D’abuisson hace cerca de un mes, cuando en el conflicto con vendedoras y vendedores del mercado ocurrieron disturbios en la municipalidad a su cargo? Lo siguiente: “Personas que están vinculadas con grupos irregulares, personas que están vinculadas al crimen organizado y agrupaciones terroristas, han estado acá en Santa Tecla. Eso me da la pauta de que ahí no hay vendedores; en ese desorden, ahí lo que hay es venta de ilícitos y nosotros no (nos) vamos a prestar a eso”.

¿Qué dijo hace unos días el “efemelenista” Simón Paz, cuando el relajo violento tuvo lugar en Mejicanos ‒el territorio que gobierna‒ y fue incendiado parte del Mercado Zacamil? “Lo que ha pasado aquí sale de la esfera legal, son actos vandálicos, terroristas. Yo no creo que los vendedores puedan hacer ese tipo de actos”, fue lo que sostuvo. 

Y se acercan las elecciones, por lo que pueden extenderse los “fuegos politiqueros” en estas y otras comunas. ¡Ya déjense de porquerías! “Los políticos ‒cito a Francisco, no el Papa sino al otro poeta‒ debieran llevar una vida como la que dijo el padre en la misa de Navidad: austera, justa y en obediencia a las leyes de Dios. Pero para estos el único Dios es el pisto, el poder y las apariencias”. ¿Qué queda entonces? ¿Mandarlos a la…?

sábado, 31 de diciembre de 2016

Navidad

Benjamín Cuéllar


Casaldáliga, en un poema, desafía el modo impuesto para celebrarla en sociedades consumistas como la salvadoreña. “Es difícil –sostiene– detectar El Anuncio entre tantos anuncios que nos invaden. ¿Existe aún la Navidad? ¿Navidad es Buena Nueva?”. Además, el obispo denuncia que el “buey y la mula, huyendo del latifundio, se han refugiado en los ojos de este Niño. El hambre no es sólo un problema social, es un crimen mundial. Contra el Agro-Negocio capitalista, la Agro-Vida, el Bien-Vivir”.

Mejor forma de evidenciar lo que ocurre en las entrañas de la exclusión económica y social que sufren las mayorías populares en el país más pequeño de Centroamérica, imposible.  



En El Salvador, a quienes cierran sus ojos o voltean la mirada ante esas realidades, el apellido Casaldáliga no les dice nada; menos su poesía que, como esa sobre el nacimiento de Jesús, es grito indignado contra el mal común. Pero quienes en esta sufrida tierra ‒desde su dolorosa realidad y su generosa solidaridad‒ se inspiran no solo de palabra sino de obra en el beato y mártir Óscar Romero, saben que don Pedro es quien lo proclamó santo así:

“Como un hermano herido por tanta muerte hermana, tú sabías llorar, solo, en el huerto. Sabías tener miedo, como un hombre en combate. ¡Pero sabías dar a tu palabra, libre, su timbre de campana! […] América Latina ya te ha puesto […] en la canción de todos sus caminos, en el calvario nuevo de todas sus prisiones, de todas sus trincheras, de todos sus altares... ¡En el ara segura del corazón insomne de sus hijos! San Romero de América, pastor y mártir nuestro: ¡nadie hará callar tu última homilía!”.


Don Pedro es, pues, obispo también del pueblo salvadoreño porque desde su poesía canonizó a Romero. Pero también por acompañar a las mayorías populares en el Mato Grosso brasileño, luchando por la vigencia de sus derechos y asumiendo los peligros que eso conlleva. Porque ‒tal como lo plantea este verdadero hombre de Iglesia‒ la “más esencial tarea de la humanidad es la tarea de humanizarse practicando la projimidad”.  

La Navidad es amor, dicen… Pero ese amor no es real si subsiste el dolor de la sangre derramada, el horror del hambre aguantado y el insulto de la impunidad protectora de maldad. Si esa es la realidad de las mayorías populares salvadoreñas, la Navidad es privilegio de pocos aunque mucha gente la “celebre” gastando sus precarios recursos en un consumo instigado desde los poderes.

Por eso, Don Pedro afirma en su poesía lo siguiente: “Todo puede ser mentira, menos la verdad de que Dios es amor y de que toda la humanidad es una sola familia. Dios continúa entrando por abajo, pequeño, pobre, impotente, pero trayéndonos su paz. Doña María y el señor José continúan en la comunidad. La sangre de los mártires continúa fecundando la primavera alternativa […] Y de noche surge el Resucitado. ‘No tengan miedo’. En coherencia, con tesón y en la esperanza, seamos cada día Navidad, cada día seamos Pascua”.



miércoles, 14 de diciembre de 2016

Ultraje continuado

Benjamín Cuéllar 

Este sábado 10 de diciembre se celebró el 68 aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos (DUDH), cuyo preámbulo considera que “el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad […]”; también que la “aspiración más elevada” de la persona es “el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias”. ¡Perfecto!


Pero hoy, martes 13 de diciembre, se conmemoraron 35 años del fin de una de las tantas expresiones de ese salvajismo condenado hace casi siete décadas. Se trata de la masacre más terrible ocurrida en la región durante la segunda mitad del siglo XX: la de El Mozote. Junto a la matanza en enero de 1932, la más terrible de la primera mitad de esa centuria, ambas ocurrieron en suelo salvadoreño donde las instituciones estatales castigaron a las víctimas negándoles justicia y premiaron a sus victimarios protegiéndolos con la impunidad.

El miércoles 13 de julio de 1932, Maximiliano Hernández Martínez concedió “amplia e incondicional amnistía” a quienes participaron en la “rebelión comunista” del 22 y 23 de enero ese año, exceptuando “los individuos que aparecieren culpables de los delitos de asesinato, homicidio, robo, incendio, violación y lesiones graves”. Esta salvedad debe ser bien ubicada: estaba dedica a la población indígena y campesina sobreviviente.

Igualmente amnistió a “funcionarios, autoridades, empleados, agentes de la autoridad y cualquiera otra persona civil o militar”, responsables “de infracciones a las leyes, que puedan conceptuarse como delitos de cualquier naturaleza, al proceder en todo el país, al restablecimiento del orden, represión, persecución, castigo y captura de los sindicados en el delito de rebelión antes mencionado”.

La otra amnistía mal exhibida como necesaria para “la consolidación de la paz”, aprobada en la Asamblea Legislativa el sábado ‒¡sábado!‒ 20 de marzo de 1993 y firmada dos días después por Alfredo Cristiani, también era amplia e incondicional pero además absoluta. Y eso fue lo que se alegó siempre para no castigar a los responsables de la ultrajante barbarie realizada por el ejército gubernamental en El Mozote y otros cantones aledaños; no solo a estos sino, también, a cualquier violador de derechos humanos de uno u otro bando en la preguerra y en la guerra finalizada hace ya casi 25 años.

Con la tenaz lucha de las víctimas fue derogada esa aberración el miércoles 13 de julio de este año, que ya está diciendo adiós; exactamente 84 después de aprobada la de 1932. Ya no debería haber pretextos para no impartir justicia. Los antes enfrentados en las trincheras de la confrontación armada no se ponen de acuerdo, por su guerra electorera de posguerra, en muchas materias decisivas para el bien común. Pero en esto sí. Se niegan rotundamente a despojarse de la impunidad que los ha protegido desde ese “sabadazo” el 20 de marzo de 1993. Ambas partes tienen “la cola pateada”.

El artículo 7 de la DUDH determina que todas las personas “son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protección de la ley; asimismo, establece que “tienen derecho a igual protección contra toda discriminación que infrinja esta Declaración y contra toda provocación a tal discriminación”. El 8 afirma que además tienen “derecho a un recurso efectivo, ante los tribunales nacionales competentes”. Pero en este país, hasta ahora, eso ha sido letra muerte para las víctimas sobrevivientes de la masacre en El Mozote y todas las otras atrocidades ocurridas antes y durante la guerra.

En el marco de esas fechas emblemáticas para los derechos humanos, este lunes 12 de diciembre fue juramentado Antonio Guterres como nuevo secretario general de la ONU: El portugués llega con bríos. Declaró que la organización que estará a su cargo a partir del primer día del 2017, “debe estar lista para cambiar”. Habló de agilidad, efectividad y eficiencia para centrarse “más en la gente y menos en la burocracia”. Ojalá lo haga en favor de quienes en El Salvador y el mundo siguen, con su dolor e indignación, siendo discriminadas y ultrajadas con la impunidad.


Consciente del malestar mundial de la gente con sus “líderes”, sostuvo que se deben  “reconstruir” sus muy malas relaciones. La ONU nació de la guerra y por eso hay que cuidar la paz, afirmó Guterres. Pero esa paz aún no llega a este país, porque sus “líderes” siempre le cerraron la puerta a la justicia para las víctimas. Esperemos…


domingo, 4 de diciembre de 2016

Coherencia

Benjamín Cuéllar

Fuera de las mentes cerradas, es innegable que en Cuba sí valen los derechos a la salud, la educación, el arte, la ciencia, la cultura, el deporte y la seguridad, entre otros. Su vigencia está, indiscutiblemente, muy por encima de lo que pasa en El Salvador y se confirma al revisar ciertos indicadores.

Margaret Chan, directora de la OMS, reivindica el sistema de salud en la isla como “ejemplo a seguir por su sostenibilidad y capacidad para actuar en situaciones de emergencia”. La tasa de mortalidad infantil cubana del 2014, por ejemplo, fue de cuatro por cada mil personas nacidas vivas antes de cumplir un año; la salvadoreña anduvo por las dieciocho. UNICEF sostiene que el nivel educativo de la madre es factor de alta incidencia al respecto.


La  UNESCO da cuenta de algo sobresaliente: en Latinoamérica y el Caribe, solamente la patria de José Martí alcanzó los seis objetivos establecidos el 2010 en Dakar, en el marco de acción mundial “Educación para todos”. El segundo planteaba que antes del 2015 la niñez, sobre todo la “que se encuentra en situaciones difíciles”, tuviese “acceso a una enseñanza primaria gratuita y obligatoria de buena calidad” hasta terminarla.

Mientras, en El Salvador –precisamente en el 2015‒ hubo 114,617 deserciones escolares en sus 6,053 escuelas públicas y privadas. Por “delincuencia” 15,511; 32,637 por “cambio de domicilio”; 12,996 porque “abandonarían el país”; 14,045 no dijeron por qué. La primera causa está clara; las otras están relacionadas con la misma, en un país donde la tasa de asesinatos durante el 2015 fue de casi 110 por cada 100,000 habitantes. La cubana es de cuatro muertes violentas intencionales.

Habiendo participado en veinte Olimpiadas, Cuba consiguió 220 medallas de oro, plata y bronce; El Salvador, en trece ocasiones no ha ganado siquiera una. Finalmente, allá hay un solo partido político; acá dos “pesados” y otros “por gusto”.

Sin embargo, en el balance global Cuba no sale bien. Al triunfo de la revolución en 1959, hubo graves violaciones de derechos humanos. Los argumentos para “justificarlas”, la “nueva trova” los entonaba así: “Del amor estamos hablando, por amor estamos haciendo, por amor se está hasta matando para por amor seguir trabajando”. Eso cantaban Pablo, Silvio y Noel. 

Hoy, el querido Pablo sostiene que su pueblo “lo único que tiene (…), hablando del 95%, es la esperanza. Lo demás son especulaciones, visiones, imágenes turísticas, informaciones falsas”. “En esencia ‒sostiene‒ el país no ha cambiado, sigue igual y yo creo que peor (...) No creo que se haya dado apertura”.

"Hay mecanismos represivos que no permiten la protesta en la calle, no permiten la libre expresión de los sindicatos", ha dicho el autor de “Amo esta isla”. La prensa está “totalmente vinculada al sistema”; si existen “periodistas que piensan distinto, no se atreven a hablar”. No obstante, Pablito está convencido de que “las ideas de un revolucionario no deben desviarse por los errores de sus dirigentes”. Evaluar el estado de los derechos humanos en cualquier realidad, pues, reclama eso: coherencia. 





lunes, 28 de noviembre de 2016

Romero fue reflexivo, cauteloso, no improvisado

" En una entrevista con la revista cibernética EL FARO, el Col. Adolfo Majano, líder golpista salvadoreño en 1979, acusa al Beato Óscar Romero de ser desequilibrado, improcedente y hasta irresponsable en sus actuaciones.  Monseñor Romero cometió muchas imprudencias temerarias, estaba toreando el toro a cada rato”, asevera Majano en su polémica entrevista.  El discurso en el que monseñor Romero gritó ‘¡Cese la represión!’ fue una estupidez”.

Con la facilitación de Paulita Pike y Cultura Romeriana, Súper Martirio ha consultado el tema al Dr. Benjamín Cuellar, el destacado abogado salvadoreño, hasta hace poco director del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (la “UCA”), defensor y experto en derechos humanos y en las estrategias de promoción y activismo en la materia, quien convalida rotundamente la actuación de Mons. Romero y desvirtúa las conclusiones de Majano."

Conociendo esos antecedentes y su tendencia a consultar, no es posible aceptar que venga alguien a descalificar la denuncia profética del beato tachándola de parcial, desequilibrada; menos quien antes de tratarlo unas pocas veces en unos pocos meses, no lo conoció antes ni dijo nada al respecto inmediatamente después del martirio...)" Continuar su lectura en  Romero fue reflexivo (http://polycarpi.blogspot.com/2016/11/romero-fue-reflexivo-cauteloso-no-un.html) 

sábado, 19 de noviembre de 2016

"He visto el futuro: es un crimen"

Benjamín Cuéllar

Transitando por las calles de la mexicana “ciudad de los ángeles” con Víctor Flores al timón de su “nave”, quién sabe en qué año, este hermano del alma y décadas me dijo: “Mincho, oí esto”. Una voz grave y pastosa, seductora y adictiva sin remedio, colmó el interior del carro y me atrapó para siempre. El Víctor, no nos hagamos, se regodeó al verme en plena Puebla caer atrapado por Leonard Cohen. Era la primera vez que le ponía atención.

Lo había oído. Pero, “autista” confeso que soy, no le había puesto atención. No me percaté antes del monstruo que, en ese instante, irrumpía en el “disco duro” musical de este servidor. Como buen disc-jockey frustrado que soy, previo a escuchar su versión de “The future” en aquel homenaje a Cohen hace casi una década en Barcelona, ya sabía que Luis Eduardo Aute lo citaba en “La barbarie” que es la octava de sus “aleluyas”.  


Con este antecedente, mientras se votaba el pasado martes 8 de noviembre en los Estados Unidos de América, decidí escuchar mejor al canadiense. No sabía que había muerto un día antes; su familia hizo público el suceso hasta el jueves 10, al enterrarlo junto sus padres. Hoy me entero, además, que el fin de su paso por el mundo llegó mientras dormía luego de haberse caído en su vivienda. Murió –acaba de comunicar Robert B. Kory, su manager‒ de formarepentina, inesperada y pacífica”.

Ese electorero día, buena parte de la humanidad estaba pendiente de lo que ocurría en suelo estadounidense. Se realizaban las elecciones más impresentables que yo recuerde, de entre las muchas que recuerdo. Relajado, a estas alturas de “mi partido” ese será el estado normal que intentaré mantener, renuncié a las noticias; preferí, como dije, escuchar a Cohen. ¿Con cuál empezar? Pues por la que la ocasión ameritaba y reclamaba: “Democracia”.

“Viene ‒escribió‒ a través de un agujero en el aire, de esas noches en la plaza de Tiananmen. Viene del sentimiento de que esto no es exactamente real; o es real, pero no está exactamente ahí. De las guerras contra el desorden, de las sirenas noche y día, de los fuegos de los mendigos, de las cenizas de los gays: la democracia llega a los Estados Unidos”. Así llega, gran Cohen, entre la protesta y la represión; se siente y no se siente; se aprecian y desprecian algunas de sus grandezas, se esconden y exhiben algunas de sus miserias.

“Viene a través de un hueco en la pared, en un visionario torrente de alcohol; de la tartamudeante transcripción del Sermón de la Montaña, que no voy a molestarme en hacer como si entendiera. Viene del silencio en el muelle de la bahía; del valiente, audaz, maltratado corazón de Chevrolet: la democracia llega a los Estados Unidos”. Así llega y se va, dilecto Leonard, en ese país del norte de América y en sus pares del “primer mundo”: forzada, ebria y malhablada; silenciosa y escamoteada, a bordo de un viejo pero aún venerado coche.

“Navega, navega ‒¡oh poderoso barco del Estado!‒ hacia las orillas de la necesidad, pasados los acantilados de la codicia a través de las ventoleras del odio. Navega, navega… Llega primero a América, la cuna de lo mejor y lo peor. Es aquí donde tienen el alcance y la maquinaria para el cambio, y es aquí donde tienen la sed espiritual. Es aquí donde la familia está rota y es aquí donde los solitarios dicen que ha de abrirse el corazón a un nivel fundamental: la democracia llega a los Estados Unidos”.

¡Imponente y contundente! Retratar así al “imperio” es desnudar las falacias de sus acólitos y lameculos de hoy; esos que siempre, cuando lo “combatieron”, lo satanizaban por los siglos de los siglos amén. ¡Implacable e impecable! Este ser acaba de lograr su trascendencia más trascendental: de mortal excelso ya pasó a la excelsitud de la inmortalidad.

“Mientras hacía las valijas en Los Ángeles ‒expresó modesto al recibir el Príncipe de Asturias de las Letras 2011‒ me sentía un poco inquieto, porque los premios de poesía siempre me han resultado algo equívocos. La poesía viene de un lugar que nadie comanda, que nadie conquista. Por eso me siento casi un charlatán, aceptando un premio por una actividad que no domino. En otras palabras, si yo supiera de dónde vienen las buenas canciones, iría a ese lugar más seguido”.

Y contó su relación de juventud con los poetas ingleses; los estudió y copió, ansioso por tener una voz que no logró. Cuando leyó a Lorca no se la copió; él le dio “permiso” para hallar la propia. Eso es, afirmó Cohen, “encontrar un yo. Un yo que no es estático; un yo que lucha por su existencia”. Pasó el tiempo y comprendió además que la voz “incluía algunas instrucciones”. ¿Cuáles? “Nunca plañir con displicencia. Y que si alguien va a expresar la gran inevitable caída que nos espera a todos, debe hacerlo dentro de los estrictos límites de la dignidad y la belleza”.



Ya tenía la voz, pero le faltaban instrumento y canción. Así, empezando la década de 1960, en un parque de Montreal descubrió a un joven y magnífico guitarrista español que no hablaba inglés. En un “francés precario” acordaron comenzar las respectivas y necesarias clases. El primer día evidenció su torpeza con el instrumento; el segundo aprendió una  “progresión de seis acordes, que es la base de muchas canciones de flamenco”; el tercero, el maestro no apareció y el alumno se enteró que se había suicidado.


Esa progresión de seis acordes fue “la base de todas mis canciones y de toda mi música”, confesó. Por ese desconocido suicida y Lorca, Cohen transitó la vida hasta llegar a su inevitable caída batiendo las alas que lo eternizaron: dignidad y belleza. Desde lo alto del vuelo vio el futuro y sentenció: “Es un crimen”.


viernes, 11 de noviembre de 2016

De rastreros y sublimes

Benjamín Cuéllar

Hoy hay desconcierto planetario. Creyeron que la elección estadounidense del pasado martes 8 de noviembre, aunque apretada, sería ganada por la oferta demócrata; pero no, la ganó alguien considerado intratable e impresentable. Y estupefacta, mucha gente cuerda y decente en El Salvador vio asumir la presidencia de la Asamblea Legislativa a quien declara que “la pena de muerte, a manos de ciudadanos honrados o del Gobierno, es una solución”. Años atrás, haciendo proselitismo, externó su deseo de que Antonio Saca ‒entonces candidato y luego primer mandatario‒ fuera “clonado”; suerte que no se le hizo, porque actualmente su amigo está preso y procesado por corrupción de altos vuelos.



¿Cómo pueden estos personajes, cada cual en su país y guardando las distancias, ocupar cargos importantes no obstante sus cuestionables trayectorias? Esa  interrogante debe o debería estar en las mentes sensatas asustadas por el triunfo de Donald Trump; también entre las conocedoras, en nuestro país, del traspaso de la conducción parlamentaria que hizo una ex guerrillera a quien ‒como afirma él mismo‒ toda su vida quiso ser militar y se preparó para ello. Lorena Peña, la comandante “Rebeca” en la guerra, le entregó el cargo a Guillermo Gallegos cuyo prototipo de militar siempre fue alguien que estuvo en las filas contrainsurgentes: su padre.

Hace quince lustros nació quien a sus veintiún años se hizo otras preguntas, mucho más profundas que la anterior, y le dijo a la humanidad cómo responderlas. ¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre, antes de que le llames “hombre”? ¿Cuántas veces deben volar las balas de cañón, antes de ser prohibidas para siempre? ¿Cuántos años pueden vivir algunos, antes de que se les permita ser libres? ¿Cuántas veces debe un hombre levantar la vista, antes de poder ver el cielo? ¿Cuántas orejas debe tener un hombre, antes de poder oír a la gente llorar? ¿Cuántas muertes serán necesarias antes de que él se dé cuenta, de que ha muerto demasiada gente?

Las respuestas, aseguró Robert Allen Zimmerman en 1961, están “flotando en el viento”. Once quinquenios después, la Academia Sueca le entregó el Premio Nobel de Literatura. ¿Por qué? Porque este músico y poeta que pasó a llamarse Bob Dylan, creó “nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”.

“No puedo evitar avergonzarme ‒escribió en 1974‒ de vivir en un país donde la justicia es un juego. Ahora todos los criminales con sus trajes y corbatas están libres para beber ‘martinis’ y mirar el amanecer. Mientras, Rubin se sienta como Buda en una celda de diez pies. Esa es la historia del ‘Huracán’. Pero no terminará hasta que limpien su nombre”.


 Indignado ante el caso de Rubin “Hurricane” Carter, el boxeador preso injustamente por años, Dylan se inspiró para ofrecerle al mundo esta fuerte denuncia del racismo imperante en un sistema considerado impecable. “No tenía ni idea de la clase de mierda que le iba a caer ‒cantó el hoy premio nobel‒ cuando un ‘poli’ lo empujó a un lado del camino, como la vez anterior (…) En Paterson así es como son las cosas. Si eres negro es mejor que no salgas a la calle”. Y el desprecio a la persona vista de menos por su color de piel o su país de origen sigue vigente allá, con posibilidades de agravarse en los años que vienen. 

“Venid amigos y reuníos a mi alrededor, os contaré una historia de cuando las minas rebosaban de rojo metal”. Así inició otra denuncia hecha canción, “North country blues, de algo también vigente: las consecuencias de la extracción minera. “Pero las ventanas tapadas con cartón ‒continuó‒ y los viejos de los bancos, te dicen ahora que la ciudad entera está vacía (…) En las cortas horas de mi juventud mi madre enfermó y fui criada por mi hermano (…) Hasta que un día mi hermano no regresó a casa, como le ocurrió a mi padre antes”.

“Ya con tres hijos, el trabajo fue reducido sin razón alguna a media jornada. No mucho más tarde el pozo fue cerrado y escaseó aún más el trabajo, y el fuego en el aire se sintió helar hasta que un hombre vino a decirnos que en una semana el pozo número once cerraba (…) Dijeron que no era rentable extraer el mineral, que era mucho más barato allá abajo, en las ciudades de Sudamérica, donde los mineros trabajan casi por nada”.

Ciertamente, las respuestas para descifrar las interrogantes que deberían plantearnos las causas de lo injusto y presentarnos las fórmulas para superarlas, están ahí: “flotando en el viento”. El problema es enredarse, como es costumbre, en la mediocridad de lo rastrero y olvidarse de lo sublime que está allá en los cielos. De qué sirve averiguar cómo llegaron Trump y Gallegos a ser presidentes de algo, por importante que sea, si resulta evidente que para ello hay que practicar el más puro y duro cinismo político. Mejor escuchar y seguir fielmente a Dylan y a quien pudo haber sido nobel, pero va camino a las alturas de los altares: el beato Romero.

La Iglesia ‒denunció este buen pastor‒ no puede callar ante esas injusticias del orden económico, del orden político, del orden social. Si callara, la Iglesia sería cómplice con el que se margina y duerme un conformismo enfermizo, pecaminoso, o con el que se aprovecha de ese adormecimiento del pueblo para abusar y acaparar económicamente, políticamente, y marginar una inmensa mayoría del pueblo”.