viernes, 22 de abril de 2016

Mambrú se fue a la guerra

Benjamín Cuéllar

Comités gubernamentales de vecinos y armas para que se defiendan; manos duras y súper duras; nuevos delitos y sanciones cada vez más severas, hasta llegar la pena capital; grupos de exterminio y estados de sitio... ¿Qué más? Pues hoy resulta que son seiscientos soldados y cuatrocientos policías los que juntos, en un “súper batallón”, han sido lanzados directo a la confrontación armada. Esas son algunas de las acciones oficiales propuestas, impulsadas o no, en respuesta a las atrocidades de la criminalidad y a los reclamos legítimos de una población del todo descorazonada, sí, pero sobre todo y con toda la razón encachimbada. La gente ya no aguanta; sin embargo sus quejas, hasta la fecha y por más de dos décadas, han caído en el saco roto de un Estado incapaz de frenar la criminalidad que asola allá abajo. ¿Por qué? En buena medida, por no tocar la criminalidad de allá arriba. 


Pese a que la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA) no les provee del “vital líquido”, quienes habitan las comunidades de El Salvador difícil, ensangrentado y sin consuelo, sobreviven día a día con “el agua hasta el cuello”. Por eso, por la brutalidad de los asesinatos y las desapariciones forzadas, así como el mantenimiento  de otros delitos como las extorsiones y los robos, no son pocas las personas que afirman estar en toda la disposición de llevar hasta el altar del sacrificio sus derechos humanos.

Pero eso es altamente peligroso. ¡Sí! Aunque brinque alguien, así es. ¿Por qué? Hay que comenzar por uno de los fundamentalísimos: el derecho a la seguridad personal y colectiva. Este está siendo irrespetado, violado y hasta pisoteado por las maras y otras formas de crimen organizado. La visión tradicional de la responsabilidad única de los agentes estatales en esta materia, está por demás superada. Los actos realizados por grupos de poder económico, político o de cualquier otro tipo, integrados también por agentes no estatales, pueden influir negativa o positivamente en el goce de los derechos humanos.

Y eso es lo que está ocurriendo, desde hace bastante, en este pequeño país. Por tanto, hay que señalar a esos grupos delincuenciales como autores de graves violaciones a la dignidad de las personas y de las comunidades. Atentan a diario contra su vida, su integridad física y, obviamente, su seguridad. Esos tres, en principio; pero también ese accionar criminal alcanza y hasta sobra para afectar los derechos a la educación y la salud, al trabajo y la libre circulación, a la vida privada y a tener una familia, a la vivienda y a no tener que dejarla para salvarse.

Pero, ojo, lo que hasta ahora han ofrecido como “medicinas” todos los gobiernos de la posguerra han resultado –ciertamente– peores que la “enfermedad”. Antes nunca se pusieron de acuerdo, estuviera el que estuviera en el lado oficial u opositor; también se daba el caso de que lo terminaban haciendo de mala gana y rezongando, hasta que aquella mano de allá del norte les movía la cuna. Hoy, hay que reconocerlo están en sintonía la oposición de ARENA y el Gobierno del FMLN. Hoy, al parecer, se han vuelto el “dúo dinámico” que suena bien afinado; al escucharlo, no hay quien desentone. “Aniquilar sin piedad”, es ahora el título de la marcha; la música fúnebre, pero con acompañamiento allá en el fondo de los tambores de guerra. 


Pero, por favor, si van a concertar algo… ¡que sea para bien! En los actuales relevos desnaturalizados de la indignación que movía la acción social organizada, las enredadas discusiones en la redes sociales, dirán: “Bueno y entonces, ¿qué quieren?”. Eso dirán, las voces más mesuradas. Y seguro agregarán que eso es lo que merece quien ha matado sin piedad: su aniquilamiento. Bueno y entonces, ¿por qué protegen a los coroneles y a los comandantes que ordenaron masacres en el campo y la ciudad, detenciones ilegales y torturas, desapariciones forzadas y familias que aún buscan a sus seres queridos después de tantos años de ocurridas esas atrocidades?

Ambos, los criminales de antes y los criminales de ahora, merecen castigo. Seguro que sí. Pero –citando al querido Lanssiers–  “no podemos defender la vida matando. Y si tenemos que combatir caníbales, eso no nos otorga el derecho a comer carne humana”. Eso es lo que puede pasar en lo que está por venir. Para cazar cien delincuentes ya se desplegaron soldados y policías armados hasta los dientes; más de los primeros que de los segundos, como parte de eso que alguien afirmó ser una “cruzada” nacional. 


A ese centenar de “cabecillas” de las maras ya les avisaron que van a cogerlos. Pero, bien dicen: “Soldado avisado no muere en guerra y si muere es por… descuidado”. Obvia y lamentablemente, no lo harán allá donde bien viven los verdaderos “patrones del mal”, “los capos de capos”. Esos son intocables. Por los que van  “con todo” y “sin piedad” los irán a buscar, es de suponer, en las comunidades del país que se encuentran en mayores condiciones de vulnerabilidad. En los sectores urbanos, lo harán en medio de la estrechez de sus pasajes y del hacinamiento en que le toca vivir a su población; una población entre la que abundan niñas y niños, jóvenes y adolescentes, personas de la tercera edad… Todas, potenciales víctimas del “fuego cruzado”, del “tirito que a cualquiera se le va”, del “yo no fui” o “fue un error”…

¿Hay un buen trabajo previo de inteligencia que ampare ese despliegue o van a perseguirlos con una mala foto en mano? ¿Saben a quién capturar y saben, sobre todo los militares, cómo capturarlos haciendo uso menor o mayor –según sea el caso– de la violencia legítima estatal? ¿Será que el país hoy si ya entró en un “callejón sin salida”, en un “viaje sin retorno”? ¿Habrá, finalmente, que volver a cantar “Mambrú se fue a la guerra. Qué dolor, qué dolor, qué pena. No sé cuándo vendrá?”






viernes, 15 de abril de 2016

Te pareces tanto a mí...

Benjamín Cuéllar

No hay que perder la capacidad de asombro, cierto, pero la gente cuerda y sensible de este “paisito” ya está a punto de… No solo por la violencia criminal, artera e inadmisible como la que provocó las muertes a balazos de una niña de cuatro meses, de varios policías en una emboscada infame, de un maestro protector del alumnado frente a su hijo mientras abría su escuela y de tantas víctimas diarias que no cesan con nada de lo que –hasta ahora– se ha querido vender como “soluciones”. Si hubiese un “Nobel” para el populismo del todo barato, la estupidez más burda y el cinismo al cien por ciento craso y descarado, se lo pelearían todos los gobiernos de este pequeño pedazo de tierra supremamente malogrado desde siempre.

¿De qué sirvieron los acuerdos que firmaron los eternos enemigos de papel? ¿De qué la impostora “alternancia”? ¡De nada! Así de lapidario. ¿O cambió en algo El Salvador, para bien, después de lo que firmaron ambos en Ginebra y Chapultepec? Si se valora desde la situación de las mayorías populares, no. Esos dos momentos de la historia nacional fueron el principio y el fin de la negociación que culminó con lo que, luego y hasta la fecha, se convertiría en la insufrible “partidocracia” tan actual y dañina para una democracia sin pero alguno y el disfrute real de una paz que alcance para toda la población.

Bueno, en realidad sí lo hubo. Fue un cambio de cancha: el que jugaba en la oposición pasó al Gobierno y el que lo hacía en el Gobierno pasó a la oposición. Eso benefició únicamente a esas élites “politiqueras” dominantes y a sus serviles acólitos, desagradables satélites o tristes adláteres –llámenlos como quieran– bien maiceados con las migajas nada despreciables que desde arriba les avientan unos poderes no solo egoístas, sino también sin vergüenzas y sin cargos de conciencia; sin, siquiera, nudos en sus insaciables gargantas. 

Lo anterior es “verífico”, como dijo alguien, por verídico y verificable. ¿O no? Ahí les va un ejemplo de la melodramática “puesta en escena” cuyo título es, redoble de tambores, “El ejemplar proceso salvadoreño”. Pero antes hay que recordar que la complaciente Organización de las Naciones Unidas sigue necia alabando su criatura. Le acaba de pedir al Gobierno nacional –lo dijo Salvador Sánchez Cerén– colaborar en la realización del “sueño de los colombianos”: la paz. Suerte que Juan Manuel Santos, su homólogo “cafetero”, parece tener los “pies en la tierra” pues además de sostener que querían aprender de la afamada experiencia guanaca –obvio– advirtió que verían “lo que funcionó” y “lo que no funcionó”. Así insinuó, derrochando diplomacia, que no es tan modélico lo ocurrido en el “señorío” cuscatleco.

Dicho lo anterior, hay que mostrar de forma concreta lo que manifiestamente ha sufrido la gente más ninguneada y amolada en este penado país, como resultado de su patético manejo por ese par de partidos casi o del todo “pandilleriles” por estafadores del destino nacional y de sus efímeras esperanzas. El cambio prometido, ya se dijo, fue tan solo de cancha y en beneficio de sus intereses. Sus pleitos son por los votos, no por el bien común. Por lo demás, se llevan bastante bien al punto de estar de acuerdo en no dar el necesario paso –en la Asamblea Legislativa– para que les “cuenten las costillas” en lo que toca a sus oscuros financiamientos.

Consta en los medios que en 1995, ante la urgencia de enfrentar la matanza que seguía y seguía tras la recién inaugurada posguerra, Hugo Barrera –de conocido pedigrí dentro y fuera de su partido ARENA– impulsó una iniciativa que denominó “Juntas de vecinos”. El propósito teórico era la prevención del delito, mediante la colaboración de la ciudadanía con la entonces novata Policía Nacional Civil. Se trataba, textualmente, de crear “organizaciones cívico-sociales formadas por personas naturales de reconocida honradez y responsabilidad, trabajadoras y de buena conducta, de preferencia aquellas que permanecen más tiempo en su residencia”. Se pretendía contar con la participación de la gente para contribuir “a la seguridad y tranquilidad de su familia y la conservación de sus bienes”.

Sin decir “agua va”, la entonces oposición partidista –léase FMLN– se le lanzó al pescuezo gritando “¡Vade retro Satanás!” y negó sus votos parlamentarios para un préstamo que pagaría, en parte, esa pensada oficialista. Humberto Centeno dijo que estaban armando una “red de espionaje” gubernamental. Pero este personaje ya falleció. Quien aún vive y está sentando en la silla presidencial es Sánchez Cerén; en esa época, él sostuvo que su partido veía bien la colaboración ciudadana para combatir la delincuencia, pero lo que estaba haciendo Barrera –afirmó– era “nombrar a dedo a personas” que luego exigirían “armamento para defenderse de la delincuencia y así se van generando mecanismos paraestatales, paramilitares”.

A renglón seguido, el ahora primer mandatario –en su coloquial forma de hablar– sostuvo que dichas juntas eran “un mecanismo que puede restablecer los mecanismos del pasado, cuando las juntas de vecinos se convirtieron en escuadrones de la muerte, tales como la Organización Democrática Nacionalista (ORDEN)”. Eso dijo hace dos décadas. Pero como “todo cambia”… Hoy su vocero oficial y exageradamente oficioso, Eugenio Chicas, anunció que impulsarán “comités ciudadanos” a los que… ¡les darán armas! Lo harán, alegó, para combatir a los delincuentes en las comunidades. Estas “genialidades” las notificaron tras la audiencia en la capital estadounidense con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el pasado lunes 4 de abril; si las hubieran “destapado” antes, este Gobierno habría sido cuestionad con todo y sin piedad por sus integrantes. 


 Chicas habló de “cercos sanitarios” en cien municipios que las estructuras criminales aún no han “contaminado”. Si no están “contaminados” por la peste de la violencia, ¿quién asegura que la “medicina” –que antes demonizó su partido– no será peor que la enfermedad? Como dijo Juan Gabriel, “inocente pobre amigo”. De tan popular y añeja rola, ARENA puede usar el verso inicial para dedicárselo a su “alma gemela”: “Te pareces tanto a mí, que no puedes engañarme”. Marrulleros, pisteros y electoreros fueron y siguen siendo ambos.


Por eso, el hoy dizque partido “opositor” debería andar feliz y orondo, presumiendo de algo que hasta el más “frentudo” tendría que darse cuenta y entender: que sus políticas militaristas y de “manos duras”, “súper duras” y “puños de hierro”, antes criticadas y del todo fracasadas en materia de seguridad, son ahora las abrazadas y besuqueadas por una izquierda degradada y lastimera. Mientras tanto, el dolor humano y el decaimiento político de la gente crecen y crecen hasta el punto del hartazgo frente a su situación.


viernes, 8 de abril de 2016

En línea recta: del uno al cuatro de abril

Benjamín Cuéllar
07 de abril de 2016

Hace cuarenta y seis años, el primer día del cuarto mes de 1970, Salvador Cayetano Carpio –el legendario “Marcial”– junto a un reducido grupo de personas dispuestas a impulsar la lucha armada en El Salvador, se juntaron en lo que después se conoció como el “núcleo inicial” de las Fuerzas Populares de Liberación. Así nacieron las FPL o las “efe”, como fueron más conocidas; pero fueron mucho más reconocidas, dentro y fuera del país, por su desarrollo político y militar. Venían de una larga lucha ideológica en el seno de un Partido Comunista Salvadoreño aletargado, la cual culminó con la salida de su secretario general –el mencionado “Marcial”– y una parte de su militancia.

En sus primeros documentos, se encuentran sus certeras críticas a las “organizaciones tradicionales”. Destacan la pérdida del “espíritu de sacrificio revolucionario” y el acomodamiento de muchos de sus miembros a una “vida fácil”, así como “las concepciones derechistas y oportunistas, economistas y reformistas”, que hacían “estragos en la mentalidad y en las acciones de tales organizaciones” al adoptar “posiciones cada vez más oportunistas”. En sentido contrario, las FPL debían contar con integrantes de “alta calidad revolucionaria”; ello conllevaba, entre otros requisitos, “un profundo amor al pueblo” y “honestidad en su vida privada”.

Tanto en el tiempo como en su nivel de respeto, qué lejos están hoy estos últimos valores y compromisos para algunos. Si antes los enarbolaron y lucharon por los mismos, ahora distan mucho de ser la guía de su práctica cotidiana. En estos días es más evidente; pero desde que entregaron armas e ideales, la coherencia es cosa del pasado. Lo primero, la entrega de armas, era parte esencial de los acuerdos para parar la guerra. Lo segundo, la de los ideales, no; pero fue la decisión fundamental para que viniera el cambio prometido. Cambio pero  solo en sus vidas, tanto en lo político como en lo económico y social. Para el resto, siguió vigente el “para vos nuay” de Roque y Salarrué.
                                                                                                                           
Y con esa renuncia al amor profundo por el pueblo y a una vida honesta, no solo privada sino también pública, traicionaron todo. Todo, empezando por su palabra empeñada en el texto del Acuerdo de Ginebra firmado hace veintiséis años. Fue el 4 de abril de 1990 cuando ofrecieron el camino hacia la paz cierta y perdurable. Era la línea recta hacia la construcción de un nuevo El Salvador, cimentado en el respeto irrestricto de los derechos humanos y la democratización del país; sueños realizables, a partir de algo elemental: la unidad nacional.

Pero no. Silenciados sus fusiles y archivadas sus quimeras, encontraron su álter ego en el campo electorero; convirtieron a su antípoda en alma gemela, dedicándose con iguales mañas a pelearle y restarle votos al enemigo que combatieron a balazos cuando lo acusaban de imponer, mantener y extender el mal común. Surgen entonces las irremediables interrogantes: con los “héroes” de la insurgencia rural y urbana que tras la guerra ya fueron oposición y ahora están instalados en Casa Presidencial, ¿se ha avanzado sustancialmente en el imperio y el disfrute del bien común? ¿Qué pasó con esa paz, que “siempre noble soñó El Salvador”? ¿Se logró siquiera la tan ansiada y urgente seguridad ciudadana? ¡Para nada!       



Que no quepa duda. Hoy por hoy “hay frente frío y mal tiempo” en el país, ha dicho alguien honda y honradamente enamorado de ese pueblo que al beato Romero le facilitó ser buen pastor. “Se ha dañado moral y éticamente a la izquierda –afirma– y al movimiento social democrático, progresista”. En ese mismo tono, hay que decirlo claro: señoras y señores de una “izquierda” hoy impresentable, “light” le dicen, dejen de seguir mancillando la historia.

Con su actuar ofenden a “Polín” Serrano y a “Juancito” Chacón, enormes dirigentes del Bloque Popular Revolucionario; a “Memo” Rivas y a “Neto” Barrera, organizadores de la clase obrera; al liderazgo campesino de Númas Escobar y “Chanito” Meléndez; al intachable trabajo en los tugurios de Óscar López y de la preciosidad de adolescente que era María Elena Salinas, cuando la masacraron aquel 25 de abril de 1979. No dañen, por favor, el supremo encanto de la “Ticha” –la enorme Patricia Puertas– tan revolucionaria por ser honesta, coherente y –en consecuencia– modelo impecable de rectitud y valentía. No como ahora.

Tampoco hablen mal de la linda y querida “Tulita” Alvarenga. No lograron ni  lograrán, por más que se esfuercen, enlodar la imagen de la compañera de “Marcial”. La “tía”, en su precariedades de años y actuales, no renuncia a su amor por el pueblo; sigue y seguirá siendo congruente como pocas, digna e incorruptible a pesar de su limitación de recursos materiales. No transige. Es de las revolucionarias de verdad. 

Señores patrones hoy en el poder: no sigan sumándose a su rival en la joda del país. No sigan siendo estorbo para los cambios serios, por ser profundos. Ni la izquierda ni el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, el FMLN histórico, les pertenece. Dejen de obstaculizar la organización popular, ya paren de ofender la memoria de quienes sí fueron consecuentes hasta la muerte. No sigan siendo piedra en el zapato.

Hoy no queda más que salvar la integridad de un bien político que costó tantas vidas: la lucha social. Hay que ejercer el derecho del pueblo a buscar el bien común, rescatando su honesta militancia; hay que moverle el piso a las juventudes limpiamente rebeldes, llamadas a irrumpir en pos de su protagonismo transformador. Son ese pueblo y sus juventudes, titulares en la alineación para enfrentar y ganarle la partida a quienes fingen representar sus intereses. Hoy por hoy, esta última es una titularidad falsa y fraudulenta, espuria e inmerecida. Por eso, hay que mandarla a la banca o sacarla del estadio.

PD: En Guatemala, la reciente caída del Gobierno “Ottomano” inició siguiéndole “la línea” a su vice…  En El Salvador, para cambiar de verdad, hay que comenzar a delinear y escudriñar en serio “el caminito” de la gran corrupción y la alta impunidad.






miércoles, 6 de abril de 2016

Se verán cosas

Benjamín Cuéllar
31 de marzo de 2016

 

En visita oficial, el presidente estadounidense estuvo en Cuba. Luego, Barack Obama agarró su avión y se fue a bailar tango en la capital argentina. En La Habana, con Raúl Castro presente, dijo que había “hecho un llamado al Congreso para levantar el embargo. Es una carga anticuada que lleva a cuestas el pueblo cubano. Es una carga para el pueblo estadounidense que quiere trabajar y hacer negocios o invertir en Cuba”. En Buenos Aires, ofreció desclasificar archivos militares y de inteligencia, en la víspera del cuarenta aniversario del cuartelazo encabezado por Jorge Videla y teniendo a la par a su colega Mauricio Macri, quien agradeció el gesto afirmando que el pueblo argentino tiene “derecho a saber la verdad de lo que pasó”.

 

¿Quién iba a pensar que eso ocurriera? A casi seis décadas de choque feroz y continuo entre la Casa Blanca y el régimen de los hermanos Castro, las desavenencias empezaron a disiparse y todo apunta a que la vieja consigna “Yanquis, ¡go home!”, dará paso a un afectuoso “Yanquis, welcome”.  ¿Quién iba a imaginar a Macri, el acusado de neoliberal enemigo de “los derechos humanos y las instituciones democráticas”, aplaudiendo la revelación de otras atrocidades de un gobierno militar que –según se afirma– favoreció los negocios de su familia?

 

Será posible, entonces, pensar que algún día en El Salvador las cosas cambiarán. Si Obama y Raúl se dieron la mano en serio, ¿por qué no lo hacen acá quienes mandan los dos partidos que han manejado la cosa pública durante casi veintisiete años? ¿Por qué no cumplen lo que nunca cumplieron del documento que firmaron en Ginebra, el 4 de abril de 1990? Al cumplirse un año más de ese importante hecho político, lograr el primer acuerdo en el trayecto de lo que se pensó sería un proceso exitoso de paz, nunca se han unido en serio para enfrentar los entonces grandes retos nacionales hoy convertidos en amarguras ciertas y cotidianas para las mayorías populares.

 

La unidad de la sociedad –“reunificación” decía el papel– era el último componente de dicho proceso. Terminar la guerra entre Gobierno y guerrilla era el primero. Pero esa deposición de armas fue, más bien, la primera de entre sus “treguas hipócritas” –como decía aquel– para luego continuar en la lucha interminable dentro del campo de batalla electoral. Los otros dos ingredientes de la receta teórica acordada en Ginebra para sanar a El Salvador, eran impulsar su democratización y respetar de forma irrestricta los derechos humanos de sus habitantes. Pero el papel, dice la gente, aguanta con todo… Tan es así, que hasta en el baño hay…

 

Acá ni esos aparatos partidistas son democráticos, mucho menos el país; acá los derechos de las mayorías populares se violan por la exclusión y la desigualdad, por la inseguridad y la violencia criminal. No solo, pero sí principalmente. También, por la impunidad entronizada para favorecer a quienes desde el conflicto armado –llámense de izquierda o de derecha– mataron, robaron y estafaron la ilusión popular de vivir en paz. Mientras Obama abre sus archivos del terror a las víctimas allá en el Cono Sur, acá niegan que existan registros para no dejar siquiera que se asome la verdad.

 

Pero pese a las resistencias, se verán y sabrán cosas. Por ejemplo, los documentos desclasificados por el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto argentino. El cable 202 de fecha 22 de julio de 1982, del embajador Víctor José Bianculli informaba que José Guillermo García –entonces general y ministro de Defensa salvadoreño– reconoció que la Fuerza Armada de Honduras asesinó a 320 “terroristas” en su territorio, impidiendo su llegada a campos de refugiados. En el cable 208 del 28 de julio del mismo año, comunicó que tropas catrachas ocuparon tierra salvadoreña en disputa limítrofe –los famosos “bolsones”– con conocimiento del Gobierno guanaco. El resultado publicitado: con tres mil militares y artillería pesada, fueron “cuantiosas bajas” insurgentes según su colega hondureño. La mayoría de esas víctimas, obvio, era población civil no combatiente.

 

García regresó al país a inicios de este año, deportado de Estados Unidos de América. Responsable vital de esas oscuras negociaciones con Honduras y de sus sangrientas consecuencias, acá no tiene problemas con la justicia. Bueno, en realidad es la justicia la que tiene problemas para hacer lo debido con él. Las manos de las instituciones están bien sujetas con las cadenas de la impunidad, defensora de criminales. Hace unos días, un periodista del Diario El Mundo, me preguntó cuál era la causa del aumento imparable de violencia en el país. Le respondí citando a Gloria Giralt de Gracía Prieto: “El que mata y queda impune, vuelve a matar”.

 

Luego expresé: “Las dijo tras descubrir un país que no conocía −El Salvador real, no el de “arriba y afuera”− tras el asesinato alevoso y a plena luz del día de su hijo Ramón Mauricio, el 10 de junio de 1994. En su búsqueda de justicia, se enfrentó a un aparato estatal protector de quienes le arrebataron a su ser querido a balazos y –sobre todo– de quienes ordenaron esa ejecución. La impunidad es la principal causa. Pero esta es producto y parte de unas políticas públicas que a lo largo de la posguerra no han sido integrales, porque no han sido pensadas y diseñadas pensando en la población víctima directa o potencial; se han pensado y diseñado pensando en los intereses partidistas electoreros”.

 


“La impunidad es la principal causa de la violencia”, tituló El Mundo dicha entrevista. El mismo día de su publicación, Ernesto Muyshondt –diputado del partido ARENA que recién apareció en un video reunido con maras– mandó un tuit citando ese titular y colocando el enlace para leer el texto completo en la edición electrónica de dicho rotativo. No digo, pues… ¡Se verán cosas! Más, en la medida que se acerquen –más y más– las decadentes elecciones para escoger entre esos dos desarreglos nacionales.

sábado, 26 de marzo de 2016

Bajeros

Benjamín Cuéllar
24 de marzo de 2016

En el tumbaburros, así le dicen en México al diccionario, esta expresión aparece con ocho significados. El primero es simple y sencillo: bajo, que está en lugar inferior. Ni más ni menos. Y al buscar qué debe entenderse por bajo, se encuentran más de cincuenta acepciones. De esa amplia variedad, dos son las que como “traje a la medida” describen lo que ocurre en el país. Bajo significa algo ruin, mezquino; es lo vulgar, ordinario e innoble. Así de claro y contundente. De ahí su empleo pertinente para señalar con el “dedo acusador” a quienes antes, durante y después de la guerra han conducido el destino patrio. Pero aquellos grupos que tienen en sus manos las riendas de El Salvador desde hace casi cinco lustros, firmantes y anunciantes de una paz que nunca llega, son de lo más bajero que pueda usted imaginar. Y la imaginación, sobre todo en estos casos, no admite barreras. 

¿Excepciones? Algunas. ¿Decepciones? Rimeros. Sus voracidades e incapacidades, sus miserias y mediocridades, sus mañas e hipocresías son ilimitadas y hasta hoy inagotables. Lo han sido en lo político, en lo económico, en lo social, en lo mediático... En lo que sea, siempre y cuando les favorezca. Unos más, otros menos –no importa la cantidad– le han robado al pueblo la riqueza producida por su trabajo. Pero, peor aún, lo han despojado de toda esperanza que apunte al disfrute de algo a lo que –con todo el derecho del mundo– aspiró en algún momento ese pueblo: el bien común.

No el buen vivir que prometieron para este quinquenio ni el “cambio” que dijeron venía, “seguro”, a partir del 2009. Desde 1992 a la fecha, ninguno ha gobernado a favor de los más pobres entre los pobres; salvo escasísimos casos y sin meterse en negocios turbios, quienes nacen en esa condición mueren igual. Eso ha sido irremediable hasta el día de hoy. No se estableció una nueva forma de hacer política y las mujeres que no iban a estar solas, siguieron así en un sistema patriarcal tan solo maquillado. Veinticinco años después, por la exclusión, El Salvador es averno para sus mayorías; por la gran corrupción, es paraíso de  minorías.

Cualquiera que observe esa patética realidad sin los lentes de uno u otro partido ni de los medios que ese par poseen para tergiversar todo a conveniencia, tendría razón al decir que ya tocó fondo eso que llaman “clase política”. Razones habrían y muchas porque de “clase” –entendida como casta, categoría, grandeza, dignidad– no tiene nada la politiquería vernácula. Un día dicen una cosa, al siguiente otra y después niegan haber dicho ambas. El Diario Colatino –el Colatino, no los rotativos considerados voceros de ARENA– reportó que el recién pasado 7 de marzo, en conferencia de prensa al más alto nivel, se anunció la captura de más de ochenta delincuentes vinculados a la masacre ocurrida en San Juan Opico, perpetrada cuatro días antes. El miércoles 9, el Ministerio Público desmintió el anuncio presidencial lucido a manera de éxito: de ese grupo, ninguna de las personas detenidas tenía que ver con la matanza.

La oposición que tiene el profesor Salvador Sánchez Cerén, tampoco “canta mal las rancheras”. Desde lo más alto de una montaña de arena cada vez más degradada, notables integrantes del partido contrario a su vacilante y timorato Gobierno exigieron combatir la corrupción y la impunidad. “El daño del flagelo de la corrupción y los altos niveles de impunidad están afectando a nuestro país y a la democracia”, declaró perspicaz el diputado David Reyes cuando una comitiva de su partido demandó a la Asamblea Legislativa, pronunciarse por la creación de una Comisión internacional contra la impunidad en El Salvador. “Con este tipo de instancias internacionales independientes se puede solucionar muchos de los problemas y ayudar a recuperar la confianza en las instituciones”, remató iluminado.

¿Qué “peros” le ponen, entonces, a la justicia universal ejercida desde la Audiencia Nacional de España en el caso de la masacre en la UCA? ¿No permanecen protegidos por la impunidad sus autores, debido a la corrupta actuación de todos los órganos estatales salvadoreños y del Ministerio Público? Si ARENA no confía en las instituciones y pide una entidad internacional para superar semejantes flagelos –corrupción e impunidad– hay más voces coincidentes. Las de las víctimas de las atrocidades ocurridas antes y durante la guerra, por ejemplo. La persecución penal de los responsables del enorme daño que les causaron, no prescribe ni cuando en El Salvador se hayan hecho “pantomimas procesales” como en el caso mencionado. Entonces, puede y debe intervenir la justicia universal. Pero ahí no se vale porque las órdenes internacionales libradas para capturar a unos cuantos militares retirados, lesionan la soberanía de El Salvador y menosprecian “nuestro ordenamiento jurídico y nuestro Órgano Judicial”. Eso ha dicho ARENA en comunicado oficial.

Además de lo anterior, está la espectacular producción fílmica “marera” –“Maras films”– que ha reventado las redes sociales y otros medios más. Ya salieron a la luz los primeros capítulos de la serie “El porno rock de la cárcel” –sin Elvis– que junto a “Dame tu voto y mañana seré tuyo”, han tenido un éxito rotundo y arrollador. Seguro vendrán más, a medida que se acerquen las elecciones. Habiendo tanto “patrón del mal” y tantos “sapos” en El Salvador, seguro vendrán. Por su parte, las industrias mexicanas y colombianas de este tipo de historias truculentas, con semejante competencia desleal ya deberán estar preocupadas y hasta temblando.

Mientras tanto político bajero siga manipulando el rumbo del país, con el pie izquierdo metiéndole zancadilla al derecho y viceversa, no hay duda de que el pobre va directo al matadero. ¡No! Al matadero de la historia deben ir esos arquetipos de indecencia, incoherencia y doble moral. Recreada y renovada, precisamente de las páginas de la historia nacional hay que sacar aquella consigna que –en la calle y sin permiso– gritaban algunos de esos cuando jóvenes: “Electoreros bajeros, ¡al basurero!”. Las elecciones, parte sustancial pero no única de una democracia real e integral, merecen dejar de estar infectadas por esas especies. Hay que asearlas y hacer que valga la pena acudir a las urnas. Si no, ya se conoce el camino que se está recorriendo y ya se sabe el destino al que de nuevo nos están exponiendo.

martes, 15 de marzo de 2016

El Salvador en tiempos de cólera

Benjamín Cuéllar 
10 de marzo de 2016

No tiene nada que ver con el insigne Gabriel García Márquez y su igualmente brillante obra: “El amor en tiempos del cólera”, que es una novela sobre el trajinar de Florentino Ariza en su apasionada y perpetua conquista de Fermina Daza. No. Se trata, más bien, de cuestiones claves de la realidad nacional que ya pasaron de ser irritantes a volverse del todo aberrantes. La primera: lo que ocurre a montones entre los sectores que subsisten en condiciones de mayor vulnerabilidad. Ahí sí es cada vez más dolorosamente vigente el “Poema de amor” del eterno Roque; ahí están, no importa la edad, las personas más tristes entre las tristes del mundo. Sobreviven resistiendo como sea, hasta que la violencia las alcanza o hasta que deciden lanzarse a la desesperada odisea para huir de sus garras. 



La segunda: el daño que causa la torpeza de quienes “desgobiernan” el país desde los tres órganos estatales y otras entidades oficiales. Por último está la miopía de quienes deambulan por ahí siendo parte de los “grandes” poderes en lo económico, mediático y partidista, presumiendo su “viveza” y disfrutando pisotear derechos con su egoísta y perversa bajeza. A estas alturas, en la “cancha número tres” –la de la voracidad electorera– los dos rivales “aetérnum” juegan taimados el partido de siempre: tramposo, sin reglas o violando las pocas que existen, sin árbitros confiables, pegando y puyando por la espalda, acompañados desde la banca por sus amañadas “reservas” azules, naranjas y verdes.

¡Da cólera! En serio. Y es mayor cuando no pasa nada. No hay rebeldía ni rebelión de la buena. No hay, pese a que la cantidad de gente desencantada y desesperanzada, burlada y encachimbada –palabra guanaca aceptada por la Real Academia y acertada dentro de la situación actual– supera a las “masas” atrapadas por el clientelismo barato, la retórica retorcida y otras argucias infames de las dirigencias “efemelenistas” y “areneras”. Pero no pasa nada. Nadie le mueve, a quienes se ufanan de sus rufianadas, el tapete en el que cómodamente se reparten el “pastel” del poder político. Porque aunque aparenten no estar de acuerdo, en esencia lo están pues tras el fin de su guerra solo cambiaron formas y no fondos. 

De entre todos los males que le carcomen más y más su cotidianeidad a las mayorías populares, el primer sitio lo ocupa la violencia bestial que llena de luto y dolor a tantas familias. No para la carnicería diaria mediante ejecuciones individuales o masacres inadmisibles; las desapariciones y la emigración forzadas, están a la orden del día. A todo ello, agréguese la infaltable y recurrente “renta” o extorsión cuyo pago ya es calificado –allá entre los “dioses del Olimpo” oficial– como “financiamiento”  de la criminalidad.

Hay otros males, pero la violencia ocupa el más deshonroso primer sitial. Junto a la inseguridad, tienen y mantienen aterrada a la población que –además– es acosada por la falta de oportunidades. ¿Y qué hacen los politicastros dirigentes de uno y otro bando? Atacarse mutuamente y descalificarse estúpidamente. Uno dice que el Gobierno y su partido están proponiendo el estado de excepción, no para combatir la delincuencia sino para “callar a los medios de comunicación” que los cuestionan y con los que han sido intolerantes. El otro afirma que la gremial más grande de la empresa privada traerá de nuevo al exalcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani,  no para asesorar en materia de seguridad sino para montar un “show”.

Así pasan siempre mientras la gente pasa –siempre también– mal, muy mal en un infierno con más círculos que el de Dante. No son nueve; son catorce: uno en cada departamento. Eso se confirma al leer el listado del medio centenar de municipios que, en teoría, se priorizaron para ejecutar el Plan “El Salvador seguro”: hay de todos los departamentos. Más que hablar de “estado de excepción”, entonces, mejor gritar: ¡Qué decepción de Estado!”

Porque los primeros diez municipios a intervenir en el 2015, según esa dichosa propuesta surgida de las entrañas del voluminoso Consejo Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana, son los mismos diez municipios donde recién se dijo decretarían la suspensión de garantías constitucionales dizque para acabar con la delincuencia. ¿Qué pasó entonces con “El Salvador seguro”? ¿De qué ha servido? Así, pues, este país no necesita la “gordura” de ese ente sino la cordura, la inteligencia y la participación activa de su más buena gente.

Un día después de una de tantas masacres recurrentes –la de once humildes trabajadores en San Juan Opico, departamento de La libertad, ocurrida el jueves 3 de marzo del año en curso– esa gente buena estaba indignada. Y esa indignación creció más y de golpe cuando quien prometió liderar la batalla por la seguridad ciudadana, Salvador Sánchez Cerén, agarró el avión y con su séquito oficial se fue del país parodiando al grupo juvenil santaneco de antaño. Como “Los Chirstians” iban cantando: “Yo ya me voy para Caracas…”  



Ciertamente, es más la gente buena en este país. Es más la que no está ni con uno ni con otro de ese par de prehistóricos aparatos partidistas; es más la que siente bien adentro el dolor de patria; es más la solidaria y atenta con las demás personas; es más la que se indigna ante el mal... Sin embargo, aun siendo más, esa gente buena sobrevive aguantando y aguantando precariedades y angustias sin que –hasta el momento– pase algo que le complique la existencia a quienes se han dedicado a arruinarle la suya.

Es tanta la gente buena e indignada, pues, que también da cólera que no se haga nada. Frente a esos poderes calamitosos, más parece que solo le queda encomendarse al “gran poder de Dios”. Y eso es peligroso, muy peligroso, porque “a Dios rogando y con el mazo dando”.







lunes, 7 de marzo de 2016

¿Agorero? Para nada

Benjamín Cuéllar
febrero 2016

La polarización política daña profundamente al país. Hasta ahora, sin salida visible en el horizonte, este permanece atrapado entre las garras de dos bandos electoreros que –de forma descarada e impune– solo piensan en sus intereses y actúan para imponerse uno sobre el otro, a cómo dé lugar. Se vale todo y qué. Eso no es nuevo. Ya pasaron así, oficialmente, casi treinta y seis años. Lo hicieron en las trincheras y, tras el fin de las hostilidades, lo continuaron y continúan haciendo en las urnas. Por eso, el pasado sigue siendo presente y con altas posibilidades de arruinar del todo el futuro. Culpa de ese eterno “choque de trenes” desfasados. Cambiaron las balas por los votos, los ideales por los negocios, las masas por los dólares. Traicionaron su palabra empeñada en los acuerdos de paz, desde Ginebra hasta Chapultepec. 


En Ginebra se comprometieron a terminar la guerra para iniciar el tránsito a la paz y lo cumplieron casi impecablemente. Ese era el primer gran objetivo de un proceso de pacificación que tan solo alcanzó para eso: el fin de los combates armados entre sí. Nada más, pues otros dos componentes del mismo –impulsar la democratización del país y garantizar el irrestricto respeto de los derechos humanos– terminaron siendo “letra muerta”. Dicen que cumplieron, pero no. Nadie en su sano juicio les cree, cuando se vive donde asusta la falta de oportunidades para un digno desarrollo humano y espanta la violencia. Nos dieron paja; paja de la más barata. Cambiaron mucho la forma, para no cambiar nada de fondo. El bien común y la paz siguen siendo quimeras; “cantos de sirena” desafinados.

¿Por qué? Pues porque para una transformación estructural, era preciso concretar el último de los propósitos de la “hoja de ruta” hacia la paz. A final de cuentas, la reunificación de la sociedad acabó siendo otra ficción más. Esta aspiración, más bien debió ser formulada como “unificación” sin el prefijo “re”, pues nunca ha habido unidad más que para la guerra con Honduras o en torno a la “selecta” –la así llamada pobre selección de fútbol mayor– hasta antes de los “amaños”. La real y duradera unidad nacional, al menos para enfrentar el perenne desangramiento entre las mayorías populares, era la clave para no terminar cayendo en las “tres guerras” actuales que se libran en casi todo el país: entre maras, contra las maras y de las maras contra la población. Tres guerras que tienen algo o mucho de “sucias”, usted dirá; quizás hasta de “cochinas”.

Eso pasa porque tanto una como la otra pandilla –las electoreras– se dedicaron y dedican en la práctica, de forma constante y sin reparo alguno, a dividir la sociedad casi al mejor estilo “bushiano”: entre quienes “están conmigo”, quienes “están contra mí” y quienes no están ni con una ni con la otra. Este último segmento de la población es mayoritario, pero está adormilado o del todo dormido, atormentado por una prolongada y dantesca pesadilla llamada “realidad”. 

Y, convertidos en maquinarias politiqueras, aprovechadas y marrulleras, esas dos pandillas también faltaron a su palabra empeñada en Chapultepec. No solo una, sino bastantes veces. Pero la más infame deshonra a sus compromisos tiene que ver con la superación de la impunidad. Pactaron eso y quedó escrito en el numeral 5, capítulo 1 del mencionado Acuerdo. Sin embargo, la impunidad más bien se fortaleció y se favoreció el incremento de la violencia al amarrar de pies y manos a la justicia. 

Lo hicieron con el decreto de la amnistía más amplia, incondicional y absoluta posible; por tanto, de las más cuestionadas o tal vez la más cuestionada en el mundo moderno. Pero esa es ya una mala costumbre nacional, pues los dueños de esta finca llamada El Salvador siempre han echado mano de tan funesto recurso; lo han hecho para salir bien librados, después de haber mandado a sus mandadores a cometer cualquier tipo de atrocidades y producir innumerables víctimas. Hubo antes otras amnistías en la historia nacional; perdón, demasiadas. Pero la del 20 de marzo de 1993 es la más infame, por ser violatoria de todos los estándares internacionales de derechos humanos y propiciadora de la impunidad. Ese pasado ominoso de barbarie se debió encarar y resolver de otra manera, con mecanismos propios de la justicia transicional entre los cuales están los de la restaurativa.

Hoy por hoy, pues, El Salvador es una mesa de cuatro patas: el hambre, la sangre, la corrupción y la impunidad. Hay que machacar eso, porque nunca mandarán a reparar o las cambiarán quienes en esa mueble se dan “la gran comilona”. En todo caso, lo que probablemente pueda suceder es que se rompan esos endebles soportes y se desplome a pedazos el país, como ya  ocurrió en el pasado reciente y en el otro un poco más lejano. Y puede ser que ese posible desplome sea más estrepitoso y violento que los de antaño.

No queda de otra, entonces. Hay que ponerle freno a esa nefasta polarización partidista más que política, porque ninguno de los dos “dinosaurios” enfrentados tiene un verdadero proyecto político que ofrecer al país. Ninguno ha hecho ni quiere hacer algo para evitar otro descalabro: dejar de impedirle al pueblo que irrumpa en el escenario y asuma un real protagonismo.



Ese pueblo está lleno de víctimas. Las hay a montones. Las engendraron antes de la guerra y durante la guerra. Lo peor es que siguieron surgiendo en la posguerra y siguen habiendo en el marco de las tres guerras actuales, tanto por la muerte lenta como por la muerte violenta. Todas deberían despertar y hacerle la vida imposible a ese par de monstruos que se creen, hasta hoy, intocables e inamovibles. Si se lograra que todas las víctimas existentes salieran a las calles y reclamaran el respeto de sus derechos a todo nivel, seguro se juntarían más personas en pie de lucha que en Guatemala y Honduras.


Por eso la pregunta: ¿Agorero? Para nada. La raíz etimológica del término no es la de “ave de mal agüero”. Viene del latín “augurium” y significa “augurio, predicción, acto de consulta a los dioses sobre lo favorable de algo a emprender”. Hay que augurarle, entonces, algo bueno a El Salvador: el despertar de su pueblo victimizado. Porque nunca habrá un Estado garante de los derechos humanos, mientras su sociedad realmente no sea demandante de su respeto. Hay que pasar, pues, de la indignación a la acción.