" Hablamos con Benjamín Cuellar, investigador del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" (IDHUCA) sobre la orden de España de capturar a 17 militares salvadoreños implicados en el crimen de sacerdotes jesuitas de la UCA, que luego de ocho días, autoridades salvadoreñas aún no acatan. ¿Habrá justicia o continuará en la impunidad? "
"Todo compromiso establece abiertamente lo que se piensa, lo que se quiere y lo que se va a hacer. Pero también, sobre todo, siempre esconde algo..."
miércoles, 20 de enero de 2016
martes, 19 de enero de 2016
Suenan las alertas
" Más de cuatro años debieron transcurrir para que en el país se volvieran a poner en alerta diversos sectores del mismo, tanto en el ámbito civil como en el militar. Junto a ese agitar de emociones, entre las que se incluyen alegrías legítimas y cobardes temores, ya surgieron las inevitables declaraciones entre las cuales se puede encontrar de todo: desde las sensatas y objetivas hasta las necedades abusivas. Y en los medios, con las válidas y aplaudibles excepciones, se ven más reflejadas las segundas: opiniones sin conocimiento y hasta sin lógica, pero con el claro propósito de defender lo indefendible."
Opinión de Benjamín Cuéllar en Diario El Mundo leer más en http://elmundo.sv/suenan-las-alertas/
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Dos elefantes se balanceaban...
Benjamín Cuéllar
14 de enero de 2016
La guerra que asoló al país inició el sábado 10 de enero de
1981. Esta es la fecha que suele utilizarse como referente cronológico. Ese
día, hace ya siete lustros, comenzó la primera “ofensiva final” que lanzó el
recién parido Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, mejor conocido
como FMLN. Parido, no partido; en esto último se convirtió y se acomodó años
después: el lunes 14 de diciembre de 1992. El enemigo a vencer para instaurar
un “Gobierno Democrático Revolucionario”, el mentado y hasta hoy ciencia
ficción “GDR”, era el régimen a cuya cabeza se encontraba –al menos formalmente–
la Junta
Revolucionaria de Gobierno en su tercera versión tras del
golpe de Estado del lunes 15 de octubre de 1979.

Originalmente gestado por la llamada “juventud militar”, ese
levantamiento que derrocó al general Carlos Humberto Romero –impuesto a sangre,
fraude y fuego en febrero de 1977– desde el principio fue contaminado por la
“vieja guardia” castrense que colocó al general Jaime Abdul Gutiérrez entre los
miembros de la entidad colegiada. Junto a él apareció como Ministro de Defensa
y Seguridad Pública quien, hace unos días, volvió deportado de Estados Unidos
de América; así regresó la semana pasada al país “Cielito lindo”, sin vergüenza
pero vergonzosamente, por su responsabilidad en graves violaciones de derechos
humanos. “Cielito lindo” es el “mal apodo” del general José Guillermo García.
En ese marco, durante once años, destruyeron buena parte del
país y desangraron mucha de la parte buena de su población: desde aquel enero
de 1981 hasta el también aquel enero de 1992, cuando Gobierno y guerrilla de
entonces acordaron cesar el enfrentamiento armado entre sí. A tres décadas y
media del inicio de la guerra y a veinticuatro años de su final, a estas
alturas, ¿cuál es el balance real del elogiado “proceso de paz salvadoreño”,
más allá de las retóricas y alegóricas declaraciones desde las dos maquinarias
electoreras –cuando han ocupado la Casa Presidencial – o de las acérrimas e
implacables críticas que se han endilgado recurrentemente, cuando han sido
oposición? ¿Cuál es el saldo real?
Dicho recuento de logros –si los hay– y fracasos no puede
salir, obviamente, de esas rentables empresas partidistas; rentables, sí, pero
solo para sus dirigencias y círculos cercanos. Tales opiniones siempre estarán
sesgadas. Tampoco puede ser fruto de lo que opinan las diplomacias
gubernamentales e intergubernamentales que, fuera de algunas escasas excepciones,
no se complican la existencia y dejan pasar cualquier obscenidad política. O, en
el mejor de los casos, callan. Y quien calla, otorga.
No. El balance de lo que se ha hecho hasta la fecha con este
“paisito” desde hace ya casi un cuatro de siglo de haber cesado el fuego, tiene
que surgir de sus víctimas. Y mientras estas no se organicen para hacer valer
sus derechos, como lo hicieron antes de la guerra, habrá que hacerlo desde este
espacio y desde todos los demás que se pueda dentro y fuera de El Salvador.
Pero invariablemente con la objetividad de quien su compromiso ineludible e
irrenunciable es, precisamente, con esas abundantes víctimas y no con los
politiqueros u “oenegeros” que dicen ser sus “representantes” y “salvadores”.
Hay que diseñar el mecanismo idóneo y práctico para tener
ese diagnóstico. Hay que hacerlo dialogando y poniéndose de acuerdo en lo
elemental, con honestidad y decencia, para estructurar el análisis de lo
ocurrido hasta ahora. Y lo malo de lo ocurrido, que es mayoritario, hay que denunciarlo
a gritos; hay que difundirlo ampliamente y sin tapujos. Debe hacerse a partir
del acompañamiento de esas víctimas que, durante años, se impulsó desde el
Instituto de Derechos Humanos de la
UCA ; también desde la diaria observación de su sufrimiento,
para desmontar las mentiras oficiales de cualquier Gobierno y las falsedades oficiosas
de cualquier oposición.
No se vale que desde un vital cargo público, alguien diga
que “muy pronto El Salvador volverá a ser un
país tranquilo y seguro” para luego afirmar un mes después –frívolo, tranquilo e
inmutable– que “podríamos estar en una situación peor”. Tampoco se vale que un
antiguo director policial le eche la culpa al actual jefe de la corporación,
desde la oposición, de lo que no se hacen ahora aunque nunca lo haya hecho él.
No se vale jugar con las víctimas. La única viabilidad para
El Salvador es que esas víctimas de los malos partidos y gobiernos –sin
importar “izquierdas” ni “derechas”– tengan su balance de país y eso les sirva como
“carta de navegación” hacia puerto seguro. Que se vuelvan demandantes,
exigentes y beligerantes. No hay vuelta de hoja. O se agachan dispuestas a
seguir sufriendo males mayores o levantan la cabeza con dignidad. Si no la
suerte, de la mala, estará echada.
Mientras el par de elefantes politiqueros, corruptos e
impunes, se balanceen sobre la red de la apatía y el “no me toca a mí”, las
víctimas de verdad –las siempre despreciadas– seguirán aguantando sus abusos y
demás chabacanerías. Esos animales políticos, paleolíticos y frescamente
descarados, no se corregirán ni soltarán el “hueso” por voluntad propia. Hay
que empezar a sacarlos antes de que se cumplan veinticinco años del fin de
aquella guerra. Pero sin rebelarse, nada cambiará. Porque esos dos elefantes,
hasta ahora, se balancean sobre la tela de una araña mal llamada “democracia”.
Y al darse cuenta que ha resistido y que pese a todo sigue resistiendo, no vaya
a ser que aparezca otro elefante igual o peor. Así
seguiremos hasta que las víctimas de sus desmanes digan: ¡Ya no más! ¡Se acabó!
domingo, 10 de enero de 2016
Debate con Nacho Castillo
La reiteración de la orden de detención y extradicción contra militares salvadoreños implicados en caso de la masacre de la UCA
¿Les llegó su hora a las víctimas?
Benjamín Cuéllar
7 de enero 2016
Sumando esfuerzos entre la representación fiscal y el
Instituto de Derechos Humanos de la UCA, al menos en el asesinato de Adriano
Vilanova durante la segunda mitad de la década de 1990, fue posible conocer al
recién nombrado “cabeza” de la Fiscalía General de la República (FGR). En el
boletín “Proceso” del 18 de octubre de 1998 ‒días después de la condena de los
policías que ejecutaron a ese joven estudiante‒ el IDHUCA reconoció el “importante papel desempeñado por los agentes de la FGR,
tanto el de los dos fiscales específicos designados para el caso como el del
fiscal adscrito al tribunal”. A renglón seguido, señaló: “No obstante los
escollos que debieron superar en las diferentes etapas de este largo proceso,
estos tres funcionarios salieron adelante y ‒con ello‒ demostraron que, cuando
existe voluntad y cuentan con apoyo para realizar su labor, las instituciones
oficiales pueden contribuir a alcanzar justicia y generar confianza entre la
población”.
Ya nombró a su adjunto. Qué bien, por dos razones.
Quitó al asistente de quien a regañadientes desocupó la silla, el “pintoresco” Luis
Martínez, y quien calculó bastante mal al pretender dejar a su predecesor
calentándosela mientras ‒según él‒ lo reelegían. Casi “le pega al gordo”, pero los
“casi” nunca existen. No son parte de la historia; lo son solo de las
anécdotas. La otra razón para aplaudirle es que colocó en ese puesto a Aquiles Roberto
Parada Vizcarra, también instalado en la memoria histórica del IDHUCA cuando en
mancuerna con la representación fiscal se empujó el proceso por el asesinato de
Ramón Mauricio García Prieto Giralt. Un colega suyo sintetiza así el perfil de
Parada Vizcarra: “Buen compañero, muy gente, técnico”.
Meléndez Ruiz ha dicho que trabajará con la
Biblia en una mano y con la Constitución en la otra. Mejor que suelte el libro
sagrado, que siempre ahí estará, para mantener bien apretado el texto
constitucional y agarrar con firmeza otros más: la legislación penal y la
procesal penal junto a los instrumentos internacionales de derechos humanos. Pero
sus primeros pasos, no han sido malos. Sin mayor demora, pues conoce bien la
institución tras haber sido parte de la misma durante dieciséis años y
comenzando desde abajo, ahora tiene ante sí grandes e importantes desafíos
entre los cuales destaca ‒en primer lugar‒ el impulso de una necesaria y
urgente depuración, así como la asignación de jefaturas y otros cargos de
importancia a quienes tengan los méritos profesionales, personales y éticos
para ejercerlos. Asimismo, deberá impulsar una reforma integral institucional
y legal de la Fiscalía.
Debe, además,
fortalecer las capacidades instaladas ‒tanto humanas como materiales‒ para elevar
en cantidad y calidad la investigación científica del delito, en aras de perseguir
y someter judicialmente ‒con la suficiente garantía de éxito‒ a quienes sean responsables
de hechos violentos; sobre todo en aquellos que afectan a la niñez, la
adolescencia y las mujeres. Su gestión tendrá que ser impulsada con
independencia de intereses económicos, partidistas o de cualquier otro tipo que
no sean los del Estado y de la sociedad.
Para el nuevo
“fiscalón” también es un reto particularmente importante, luego de la experiencia
con Luis Martínez al frente de la institución, transparentar en lo que cabe sus
decisiones y procedimientos. Hay que volver creíble una institución que en este
momento, según la encuesta presentada por la UCA en estos días, anda “por los
suelos” al hablar de la confianza que genera entre la gente. Suerte tiene la
Fiscalía que existan la Asamblea Legislativa y los partidos políticos; si no
estuvieran este par, la institución del Ministerio Pública sería la entidad
menos confiable en el país.
Lamentable
realidad, sí, pero cierta e innegable. Esa es la percepción generalizada. Pero
es mayor o del todo plena, la desconfianza de las víctimas que han acudido a la
Fiscalía demandando verdad y justicia sin obtenerla. Para revertir tan
deplorable estado de cosas, el fiscal Meléndez Ruiz deberá liderar una
administración no solo independiente sino también valiente, atrapando y logrando condenas de “peces gordos” ‒no solo de
“chimbolos”‒ en los tres charcos del crimen organizado. El de las maras y los
traficantes de algo ‒drogas, armas, vehículos, personas y demás‒ es uno.
También está el de la corrupción, donde haya tanto por pescar.
Finalmente
está el charco del crimen organizado, constituido por quienes teniendo el
control del aparato estatal fueron cerebro y mando en la realización de graves
violaciones de derechos humanos, crímenes de guerra y delitos contra la
humanidad, antes y durante el conflicto armado. Del nuevo Fiscal General
depende que no siga el juicio allá en España, contra el grupo de militares con
órdenes internacionales de captura por su responsabilidad en la masacre
ocurrida en la UCA, hace veintiséis años. Si el fiscal Meléndez Ruiz los
investiga acá y presenta el caso dentro del sistema nacional, quizás no habrá
necesidad de extraditarlos. ¿Lo hará? En Guatemala, para no ir muy lejos, lo
han hecho y lo siguen haciendo. ¿Por qué acá no? ¿Les estará llegando su hora,
la de la justicia, a las víctimas de esta y otras tantas atrocidades? ¡Ojalá!
Las navidades salvadoreñas
Benjamín Cuéllar
24 de diciembre de 2012
Son la suma de las que celebra la gente que allá afuera
añora su país; un país donde sufrió tanto antes, durante y después de la
guerra, al punto de dejarlo atrás para evocarlo siempre consumiendo “productos
nostálgicos” y brindando de fecha en fecha ‒sobre todo en estas‒ escuchando eternamente músicas, letras y
conversaciones que giran y giran alrededor de lo mismo. También son la suma de
las que cada 24 de diciembre deben pasar aquellas familias que, aún ahora,
siguen buscando a sus víctimas desaparecidas antes y durante la guerra. Y de
las “nochebuenas” de quienes también buscan hijos, hijas, padres y madres que
desaparecieron intentando salir de El Salvador, luego de que este se
convirtiera en el “ejemplo mundial” en cuanto a terminar una terrible guerra e ingresar
a la lista de los países “políticamente correctos”, cuando hablan de democracia
los menos democráticos del mundo.
Las navidades guanacas son las que se celebran a todo dar
donde todo se tiene, a como dé lugar donde el dinero apenas alcanza y a como
sea donde de plano no hay dinero. Así se celebra el nacimiento del niño Jesús
entre estos niveles de hogares que son ‒así, sin más‒ los tres rostros de una
sociedad desigual y excluyente, violenta y sangrienta. Eso, a pesar de los
pesares. Porque pesa mucho y pesará que este pueblo haya sido ofendido,
histórica y mayoritariamente en lo económico, en lo social y en lo político, sin
más razón egoísta que el interés particular de grupos minoritarios,
privilegiados e indecentes; indecentes y hasta obscenos en lo relativo a ver
morir lenta y violentamente, sin inmutarse, a tanta gente.
Mientras, muchas de las personas que deberían estar
reclamando y luchando porque las cosas cambien de verdad y no solo como promesa
de campaña, mejor se dedican a cantar “feliz nabiyad, próspero año y felicidad”
sin darse cuenta del conflicto que ya existe dentro de su partido y
esperanzadas en que un “cuadro” ‒joven y millonario‒ lo salve en las próximas
elecciones. Tan es así que la “troika” no asoma ni la frente para definir
posición ante los berrinches edilicios, pues no es tan fácil hacer futuras
cuentas alegres en medio del chantaje.
Y otra gente le sigue creyendo a quienes hoy se dan “baños
de pureza” cuando antes mataban, desaparecían y torturaban a todo aquel que pidiera
un poco de democracia. Esos que no cambian, ahora quieren aparecer como
“figuritas en pesebre” y mantener “velado” su pasado ante la opinión pública ‒dentro
y fuera del país‒ pidiendo la transparencia que nunca fue parte de su ideario y
menos de su quehacer gubernamental habitual.
Para colmo, un par de prominentes figuras de estos dos
aparatos partidistas se exhiben en público, impúdicos y patanes, por las
triviales pifias durante el cierre del último “miss universo”. Ese es el espectacular
circo tragicómico nacional. Y sin embargo, el clientelismo es ahora la
verdadera ley electoral y de partidos políticos. Y sin embargo, se acercan cada
vez más las próximas elecciones sin que ‒hasta la fecha‒ nada ni nadie desplace
a ese par de esperpentos que han hundido al país en el hoyo en que se
encuentra. Y sin embargo, en los negocios de unos y otros, en estos días la
gente va y gasta sus “pobredólares”.
Las mayorías populares salvadoreñas en las navidades y los
años nuevos que se les vengan encima, por culpa de las chabacanerías
electoreras de ese par de absurdos dizque ideológicos, ¿deberán seguir aguantando hambre
y derramando sangre? ¿Deberá el pueblo seguir
paciente y complaciente, mientras la impunidad protege a tantos “intocables” de
ambos partidos que hoy viven hermanados en la corrupción?
Quiero desearle hoy al país una feliz navidad y un próspero
año nuevo, esperando esperanzado que eso se haga realidad mediante el despertar
de todos sus sectores conscientes decididos a desplazar ‒de una vez por todas‒
a quienes desde la guerra y durante la posguerra lo han mantenido hundido en la
mezquindad política y en una eterna crisis económica, que solo ha golpeado a
esas mayorías populares “clase medieras” y del todo desposeídas. De no ser así,
de no luchar por cambiar en serio, la gente seguirá intentado abandonarlo… De
dejarlo atrás en una especie de “sálvese quien pueda” casi nacional, para mejor
celebrar allá lejos estas fechas.
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