lunes, 24 de abril de 2017

Grandezas y pequeñeces

Benjamín Cuéllar 


Imperdonable. Pasó el 12 de marzo y no escribí sobre las cuatro décadas transcurridas tras una emboscada realizada entonces; en ese fatal suceso fallecieron Manuel Solórzano de 72 años y Nelson Rutilio Lemus de 16 ‒ambos campesinos‒ y el jesuita Rutilio Grande, cerca de cumplir 50. Este sacerdote, junto al también jesuita José María Cabello, a mis escasos 15 “abriles” marcaron el rumbo de mi existencia. 


Conocí a Rutilio en el Externado de San José, en 1971, durante su paso por el colegio de la Compañía de Jesús en El Salvador. Llegó para ser el prefecto de disciplina en la secundaria. Ese cargo, definitivamente, no era para él; por ello, en 1972 se convirtió en párroco de la iglesia Señor de las Misericordias en Aguilares, departamento de San Salvador.

Pero fue por él que descubrí los documentos finales de la segunda Conferencia general del episcopado latinoamericano realizada en 1968, mejor conocidos como los Documentos de Medellín por ser esta ciudad colombiana la sede para su realización.

 

Esos textos y las inolvidables conversaciones con el padre Grande, respetuosamente así lo llamábamos, fueron claves para escribir el discurso del acto conmemorativo de la “independencia” patria que leí ante padres y madres de familia, junto a otros curas y buena parte del profesorado que me escuchaban con sorpresa y ‒seguramente‒ molestia en el patio central del quizás más elitista colegio privado del país en aquel entonces.

 

No volví a saber nada de él, hasta que se propagó como reguero de pólvora la noticia de su martirio y el de sus acompañantes. Lo que sí sé es que Rutilio llevó a monseñor Romero al Socorro Jurídico Cristiano (SJC), fundado en 1975 cuando el rector “externadista” era Segundo Montes ‒también jesuita y mártir‒ abrió las puertas del colegio para ello. Fundador y primer director del SJC fue mi hermano Roberto.

 

Este habla con propiedad pues los conoció a ambos, precisamente por su labor al frente de dicha oficina en un entorno cada vez más caliente por las graves violaciones de derechos humanos, la amplia exclusión social ‒principalmente entre el campesinado‒ y la impunidad imperante. Tres temas que a Rutilio y a Romero, los relacionaron con “Beto”; los dos curas estaban del todo convencidos de que debía utilizarse el “Derecho justo”, como instrumento valioso en la lucha por reivindicar la dignidad pisoteada de las mayorías populares por un sistema del todo injusto.


¿Por qué afirmo que Rutilio llevó a Romero al SJC? El 31 de marzo de 1978, el segundo inició su Diario personal. Entonces habló de una importante reunión; la más importante de esa fecha, le dictó a la grabadora donde el hoy beato comenzaba a registrar los hechos destacados de cada jornada. Se juntó con el personal del SJC y le comentó las dificultades que enfrentaba para auxiliar legalmente a tantas víctimas. Antes había buscado, sin éxito, abogados con mayor experiencia. La razón: el caso del padre Grande. No sin desconfianza por la juventud de los “socorristas”, Romero se agarró de sus manos y caminó hasta su muerte martirial con el apoyo de ese pequeño equipo.


Ejecutado su amigo querido y sus dos acompañantes, monseñor se negó a asistir a los actos oficiales gubernamentales mientras no se aclararan esos hechos. Así, no concurrió a la investidura presidencial del general Carlos Humberto Romero el 1 de julio de 1977, quien fuera ministro de Defensa y Seguridad Pública durante la administración del coronel Arturo Armando Molina.

Considerando la cadena de mando castrense, el general Romero no podía ser eximido de responsabilidad en lo relativo a las graves violaciones de derechos humanos ocurridas entre el 1 de julio de 1972 y el 30 de junio de 1977. Iniciaron con la cruenta toma militar de la Universidad de El Salvador, el 16 de julio de 1972, seguida por la masacre de estudiantes de la misma y pueblo que acompañaba la protesta el 30 de julio de dicho mes.


Resulta paradójico que el actual Gobierno del FMLN sumara sus votos legislativos, para decretar tres días de duelo nacional por el fallecimiento del general Romero el 27 de febrero del corriente año. Hasta hoy, es el último presidente derrocado por ‒entre otras razones‒ perseguir y reprimir al pueblo en general y al organizado en las cinco agrupaciones que integraron el frente guerrillero, ahora partido político peleando elecciones impúdicamente. Sin embargo, no hizo nada por rendir homenaje oficial a Rutilio el “grande”, cuatro décadas después de su martirio. Una pequeñez más de la antigua “rebeldía”. !Nada sorprendente ya! 



“Es la oportunidad para que el sistema de justicia demuestre que funciona o sigue atrofiado”


Para Benjamín Cuéllar, exdirector del Instituto de Derechos Humanos de la Uca (Idhuca) y activista de Derechos Humanos, la falta de justicia restributiva en el caso de los crímenes de guerra, ha hecho que la historia de repita: “hay tres guerras no declaradas”, dice; señala que junto al Centro de Capacitación y Promoción de la Democracia (Cecade) empezarán a pedir la investigación de más casos, bajo el Código Penal vigente. Dice que es el momento que el sistema de justicia demuestre que las reformas y depuraciones han funcionado o que demuestre “que sigue atrofiado”, como hace 23 años, cuando se firmó la amnistía “bajo la mesa y sin presencia de las Naciones Unidas”. Leer más 

en.. http://elmundo.sv/es-la-oportunidad-para-que-el-sistema-de-justicia-demuestre-que-funciona-o-sigue-atrofiado/



jueves, 13 de abril de 2017

¿Dónde está la ley?

Benjamín Cuéllar

El próximo lunes 17 de abril se cumplirán cuatro décadas de la misa que, invitado por Alfonso Navarro, monseñor Romero celebró por la fiesta patronal en la parroquia de La Resurrección. El beato, reflexionó sobre la Pascua; habló sobre el paso de la muerte a la vida. Muerte ‒afirmó‒ es pecado, mediocridad, injusticia, desorden, atropello de los derechos. Eso “tiene que quedar sepultado en la tumba del Señor y resucitar: pasar de la muerte a la vida. Vida quiere decir justicia (…) Quiere decir todo ese esfuerzo por ser cada día mejor”. 


Antes de un mes asesinaron en la casa parroquial a Navarro: el 11 de mayo. Hay quienes sostienen que fue la venganza de las estructuras criminales de derecha, luego de que las de  izquierda ejecutaran a Mauricio Borgonovo el día anterior. Monseñor ofició la misa de “cuerpo presente” del canciller salvadoreño y también la del sacerdote. El primero fue el segundo funcionario asesinado durante el Gobierno presidido por Arturo Armando Molina, quien iba de salida; el otro era el segundo cura asesinado durante el arzobispado de Romero, quien apenas iniciaba.

“La violencia la producen todos”, afirmó este con el dedo acusador. “No solo los que matan, sino los que impulsan a matar”. Léase: quienes ordenan las muertes, se lucran con estas y mantienen la impunidad protectora de criminales. Del presidente Molina, Romero esperaba que ‒si era sincero lo que le manifestó telefónicamente‒ se preocupara por investigar ambas ejecuciones. “(T)an sagrada es la vida del ingeniero Borgonovo”, como la del padre Navarro. “Como sagrada ‒sostuvo‒ es la vida del padre Grande, que hace dos meses pereció también acribillado y a pesar de las promesas de investigación, todavía estamos lejos de saber la verdad”.

La resurrección y la vida van de la mano con la verdad y la justicia. Por ello, esperando estamos el anuncio oficial de algo que debería estar ‒desde hace rato‒ debatiéndose: la propuesta de ley para cumplir la sentencia de inconstitucionalidad de la amnistía dictada el 13 de julio del 2016, fecha histórica para las víctimas y el país.

Entonces, la Sala de lo Constitucional ordenó a la Asamblea Legislativa ‒en un plazo razonable‒ “garantizar el acceso a la información pública” sobre las atrocidades atribuibles “a ambas partes”; “responder, en el menor tiempo posible, a las exigencias de las víctimas y sus familiares y de la sociedad salvadoreña” relacionadas con investigar y conocer la verdad, procesar y sancionar a sus responsables; y determinar las medidas necesarias para reparar integralmente a las víctimas garantizando “su satisfacción, compensación y reivindicación, así como las medidas de no repetición” de dichos hechos. Todo ello, considerando los parámetros de dicha sentencia y “los estándares de la justicia transicional”.

Desde finales de julio del 2016, pasando por el 16 de enero del 2017, Salvador Sánchez Cerén y su vocero ‒Eugenio Chicas‒ así como “Hato” Hasbún declararon que trabajan en una propuesta de ley sobre el tema. ¿Dónde está? Este jueves santo se cumplen exactamente nueve meses y no han parido nada. ¿Es un “plazo razonable” o “el menor tiempo posible”? ¿Le seguirán dando largas?  


 Los crímenes de Borgonovo y Navarro debieron investigarse y sus autores, mediatos e inmediatos, sancionarse en su momento. ¡Hace 40 años! Como no se hizo nada, no se comenzó a transitar desde aquel entonces por el camino pascual que el país requería. “No solo la maravilla de la creación es imagen de Dios”, dijo el beato. También “la maravilla de la redención que es elevación de la naturaleza, elevación de la sociedad”. Hay que “vivir intensamente este sentido comunitario del paso de la muerte a la vida, de la imperfección a lo perfecto”, sostuvo. Y nadie entre los poderes formales y reales, le obedeció.  

Por eso, en El Salvador nunca dejó de imperar la muerte violenta con el respectivo correr de la sangre; tampoco la muerte lenta, producto del inaceptable hambre. Continuaron bien instaladas sobre la impunidad, que protege al que mata y al que roba en grande.


Están tardando demasiado en presentar una propuesta legislativa para cumplir lo mandado por la Sala de lo Constitucional. Elaborar y aprobar una amnistía aberrante, lo lograron en menos de cinco días; elaborar y aprobar una ley para aplicar correctamente la justicia transicional, no saben cómo o no quieren. Si salen con un adefesio, “refrito” de lo declarado inconstitucional, que no lo presenten bajo el retrato de un Romero que no sonríe en Casa Presidencial. ¿Estará incómodo? ¿Será que no ve asomarse la Pascua en El Salvador?


jueves, 6 de abril de 2017

A desplazarlos

Benjamín Cuéllar


Agni Castro Pita es jefe del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados en El Salvador  (ACNUR), organismo conocido en el “triángulo norte” centroamericano por sus antecedentes que se remontan al inicio de la década de 1980, cuando el beato Romero recibiera en el Palacio Arzobispal al primer grupo de refugiados permanentes el 7 de marzo de 1980. Eran 32 personas, campesinas, procedentes del municipio de Cinquera.

Después, no pararon de huir buscando refugio las víctimas de los embates del ejército gubernamental y sus huestes paramilitares; en menor cuantía, también de las guerrillas. Llegaban de los departamentos de Cuscatlán, Cabañas y Chalatenango; en cinco días sumaban 800. Luego  vino la hecatombe humanitaria y huían de todos lados. Terminada la guerra, ¿terminó el desplazamiento forzado? No. 

Castro Pita, recién publicó un medio, afirmó que no hay “por control territorial o de personas” ni “producto de un conflicto interno”. “No estoy diciendo que no existe, estoy diciendo que no lo he mencionado”, insistió pidiendo que eso quedara claro en la grabación. “He dicho que hay personas que dejan sus comunidades, sus hogares por la violencia o por cuestiones de inseguridad”; “porque la gente tiene miedo”.

Postura similar a la de las principales autoridades estatales salvadoreñas: negar o usar eufemismos para no hacerse cargo de una realidad políticamente complicada, pero lacerante para sus mayorías populares. Esa negación del fenómeno y sus consecuencias, la confirma en la misma nota Sonia de Madriz ‒titular de la Procuraduría General de la República‒ quien “está a la espera de que el Ejecutivo” lo “reconozca (…) para poder intervenir”.

Pero el presidente salvadoreño junto a sus colegas de Honduras y Guatemala sí lo reconocieron en el 2014, aunque sea una vez, cuando presentaron los “Lineamientos del Plan de la Alianza para la Prosperidad del Triángulo Norte” donde se lee:

“La falta de oportunidades de empleo, la violencia y la reunificación familiar han sido las principales razones para emigrar de nuestra región. Encuestas recientes identifican a la violencia como el factor más apremiante para la migración de menores, seguido de la falta de oportunidades de empleo, mientras que sólo el 14% de los encuestados mencionó el deseo de reunificarse con sus familiares. Por otro lado, la migración adulta también identifica estas causas en los tres países aunque la falta de oportunidades es la más mencionada”.

Implícitamente, pero lo aceptan; detrás están los dólares estadounidenses. Como sea, la situación es crítica por ser permanente y creciente. En agosto del 2010 aparecieron en San Fernando, Tamaulipas, más de 70 cadáveres de personas que huían del infernal “triángulo norte” centroamericano, buscando el “paraíso”; pero no pasaron del “purgatorio”.

¿Paró la huida tras eso? Al contrario: la emigración salvadoreña se incrementó  cinco veces, según el Sistema continuo de reportes sobre migración internacional en las Américas. Y desde el 2012 en adelante creció la cantidad de niños, niñas y adolescentes; hubo que asumir, en el 2014, que era una “crisis humanitaria”.

Por suerte para las víctimas, a diferencia de Castro Pita la oficina regional del ACNUR tiene clara la necesidad de buscar y encontrar soluciones, partiendo de un diagnóstico sin contaminaciones políticas o diplomáticas. El desplazamiento forzado actual no surge de guerras convencionales. “Son familias, mujeres, niños que buscan refugio porque han sido víctimas de abusos indescriptibles a manos de las pandillas y de los grupos criminales”, señaló, dejando abierta la posibilidad del acrecimiento de personas afectadas. 

Las solicitudes de asilo del “triángulo norte (…) aumentaron un 92%, pasando de más 24.000 en 2014 a una cifra superior a los (sic) 54.000 en 2015”. En “los primeros cuatro meses de 2016, 11.000 personas” pidieron ser consideradas refugiadas, “principalmente en Estados Unidos y México”.

Andrés Ramírez ‒representante del ACNUR para Centroamérica, Cuba y México‒ dice: “A la hora de la verdad el desplazamiento, sea porque fue una bala que vino de la guerra, o porque fue una bala que vino de grupos organizados del crimen transnacional, o porque fue una bala que vino de una situación de infiltración a nivel de ciertas autoridades y demás, la persona simplemente huye al no poder acogerse a la protección”.


Las causas del éxodo son estructurales, se afirma desde siempre. La solución está entonces, en contar con autoridades estatales capaces de enfrentarlas y superarlas de la mano con las víctimas. Quienes ahora ocupan esos espacios han demostrado incapacidad notoria y notable para entrarle a esa alta misión, pero no se  irán voluntariamente. Habrá que desplazarlos con la fuerza de la organización social y la movilización popular.





lunes, 27 de marzo de 2017

“Tuberculosis política”

Benjamín Cuéllar 

Hoy que toda la gente en El Salvador ‒bueno, casi toda– se asume “romerista”, tras conmemorar el 37 aniversario del martirio de quien fuera el cuarto arzobispo de San Salvador y luego de que se esparciera el rumor políticamente interesado sobre su canonización, vale la pena echarle una mirada a la situación del país desde su magisterio inspirado en su lema arzobispal: “Sentir con la iglesia”. 

El beato Romero no entregó su sangre para que, casi cuatro décadas después, en el país que amó mataran a balazos a una niña de siete años nacida estadounidense ‒quien quedó tendida con su uniforme escolar‒ y a su hermana de 21; esos terribles crímenes ocurrieron dos días antes del recién pasado 24 de marzo.

Dicha fecha es motivo de “orgullo” para este y el anterior Gobierno, pues en diciembre del 2010 la ONU la dedicó a la dignidad de las víctimas que acá ‒tras las graves violaciones de sus derechos humanos‒ les siguen negando verdad, justicia y reparación integral en una realidad que, además, siguió produciendo más y más víctimas ya sin guerra.

Este buen pastor tampoco fue inmolado para que la semana pasada, después de conmemorarse su magnicidio el viernes 24, asesinaran otras dos mujeres el sábado 25: abuela y nieta de 50 y 19 años. Se maneja que fue un ritual “marero” de iniciación. Hubo más ejecutadas durante el mes donde se celebra el día dedicado a ellas: el 8 de marzo. 

En ese marco, Salvador Sánchez Cerén anunció que pediría al Papa Francisco venir al país el próximo agosto, pues un “escenario de canonización generaría una nueva situación en el país”; también pidió al pueblo salvadoreño, precisamente ese sábado, unirse en oración para que ocurriera dicha canonización. ¿Cuál es el sentido de esas dos solicitudes presidenciales? Político, obviamente. Mientras se matan policías, soldados, integrantes y no integrantes de maras ‒todas víctimas fatales de entre las mayorías populares– bien dice el jesuita Rodolfo Cardenal: no “se puede desear con verdad” la canonización del beato. 

Este lamentó, el 30 de abril de 1978, el asesinato de dos policías. “Ante el atropello y la violencia ‒sostuvo‒ jamás he parcializado mi voz. Me he puesto con compasión de Cristo al lado del muerto, de la víctima, del que sufre (…) He dicho que dos policías que mueren, son dos víctimas más de la injusticia de nuestro sistema que (…), entre sus crímenes más grandes, logra confrontar a nuestros pobres (…) Policías y obreros o campesinos pertenecen todos a la clase pobre. La maldad del sistema en lograr el enfrentamiento de pobre contra pobre. Dos policías muertos son dos pobres que han sido víctimas de otros tal vez pobres también (…)”.

La muerte del beato Romero tampoco ocurrió para que alguien lo proclamara su “guía espiritual” y terminara más bien necesitando urgido un piloto de avión para huir a Nicaragua, donde desde hace meses se esconde por estar siendo investigado como cualquier otro delincuente común; solo que este, parece, de “altos vuelos ”. 

Cada 24 de marzo, también, se celebra el “Día mundial de lucha contra la tuberculosis” pues en esa fecha ‒en 1882‒ Roberto Koch descubrió la bacteria causante de esa enfermedad infecciosa que se transmite a través del aire, forma nódulos en los tejidos afectados y puede dañar otros órganos del cuerpo; sobre todo, los pulmones.

Los pulmones de El Salvador respiran olor a muerte, su tierra está anegada por la sangre que sale a montones por su boca que ‒cuando la abre violentamente para toser secamente‒ expulsa a su gente; el país está invadido por una febril desesperanza que anida entre sus mayorías populares… Todo por la “tuberculosis política” de su conducción, no importa la “pandilla” que sea, a lo largo de los últimos años.

“La Iglesia ‒les diría hoy el beato, como lo dijo el 24 de julio de 1977‒ no puede callar ante esas injusticias del orden económico, del orden político, del orden social. Si callara, la Iglesia sería cómplice con el que se margina y duerme un conformismo enfermizo, pecaminoso, o con el que se aprovecha de ese adormecimiento del pueblo para abusar y acaparar económicamente, políticamente, y marginar una inmensa mayoría del pueblo. Esta es la voz de la Iglesia, hermanos (…) Y se trata de cosas sustanciales, no de cosas de poca importancia. Es cuestión de vida o muerte para el reino de Dios en esta tierra”.

PD: De acuerdo con Rodolfo Cardenal. ¡Descuelguen el retrato del pastor mártir de Casa Presidencial! ¡Abajo las hipocresías!


lunes, 13 de marzo de 2017

Día de la mujer

Benjamín Cuéllar

“Sin mujer, la vida es un insoportable mercado del absurdo”, afirmó Luis Eduardo Aute. Compraventa ‒sería entonces‒ de lo disonante e inútil, según Cicerón. Tiene toda la razón, como también la tuvo cuando contó que las “tertulias de hombres” no le gustaban. Eso sí, afirmó, “en cuanto veo a tres mujeres juntas en mi casa, estoy como una más entre ellas escuchando y viendo cómo piensan. Me parece un mundo más atractivo, más rico, mucho más imaginativo y real, al mismo tiempo. El ser femenino tiene puestos los pies en la tierra y, a su vez, arriesga más”.

La semana que murió Eduardo Galeano, otro genio, colocaron en los estantes de las librerías su obra “Mujeres”. No era la última; quedó pendiente de ser publicada otra. Pero en esta, inspirado ‒como era su estado normal‒ escribió Galeano: “A la mujer que piensa se le secan los ovarios. Nace la mujer para producir leche y lágrimas, no ideas; y no para vivir la vida sino para espiarla desde las ventanas a medio cerrar. Mil veces se lo han explicado y Alfonsina Storni nunca lo creyó. Sus versos más difundidos protestan contra el macho enjaulador”. 

Y del “Gabo”, otro “as” en este póquer, ¿qué pasó con “el dulce sabor de una mujer exquisita”?

“Si aún no ha pasado el bisturí por tu piel, si no tienes implantes de silicona en alguna parte de tu cuerpo, si los gorditos no te generan trauma, si nunca has sufrido de anorexia, si tu estatura no afecta tu desarrollo personal (…) Estás en vía de extinción... ¡Bienvenida! Una mujer exquisita no es aquella que más hombres tiene a sus pies, sino aquella que tiene uno solo que la hace realmente feliz. Una mujer hermosa no es la más joven, ni la más flaca, ni la que tiene el cutis más terso o el cabello más llamativo; es aquella que con tan solo una franca y abierta sonrisa y un buen consejo, puede alegrarte la vida.”

Falta uno. El gran Benedetti y su lapidario, militante, “No te salves”. ¿Qué sentido tuvo para quienes lo creyeron y siguieron, cual catecismo de amor revolucionario, durante aquellos años? Él le decía a ella o ella le decía a él ‒a final de cuentas siempre había una mujer en la relación‒
que no se quedara “inmóvil al borde del camino”, que no congelara “el júbilo” y que no quisiera “con desgana”. Pedía no salvarse “ahora ni nunca”, no llenarse “de calma”, no reservar “del mundo solo un rincón tranquilo”, no dejar “caer los párpados pesados como juicios”, no quedarse “sin labios” ni dormirse “sin sueño”, no pensarse “sin sangre”, no juzgarse “sin tiempo”.  



Y si “pese a todo” no podía evitarse congelar “el júbilo”, querer con “desgana”, salvarse “ahora”, llenarse “de calma” y reservar del mundo “solo un rincón tranquilo”, dejar “caer los párpados pesados como juicios”, secarse “sin labios” 
y dormirse “sin sueño”… Entonces, si se pensaba “sin sangre” y se juzgaba “sin tiempo”, si permanecía “inmóvil al borde del camino”… Si se salvaba, entonces, que mejor no se quedara... 


Mujeres, mujeres, mujeres… Están las “autistas” que “arriesgan”, las “galeanas” que “protestan”, las “gabas” que “exquisitean” y las “marianas” que sí o no se “salvan”. No sé qué diría hoy este último, segundo uruguayo entre estas cuatro “cartas marcadas”. ¿Habría repensado y adecuado la letra de tan hermoso y ardiente poema, a una realidad como la salvadoreña actual?

Porque en este pequeño país, se “salvaron” unas cuantas que dicen seguir siendo de “izquierda revolucionaria” y permanecen ‒cual despojos de un pasado luchador‒ en su curul legislativo discurseando cómodas, con seguro de vida y con vida segura… 

Esas se acuerdan de sus congéneres féminas, solo para las elecciones. Fuera de ese “tiempo de amor” interesado, se olvidan de las mujeres en las maquilas donde no se respetan las reglas del juego laborales; de las que trabajan mal remuneradas en casa ajena y “sin respeto al horario ni a las costumbres”, sin seguridad social decorosa; de las jefas de familias monoparentales; de las que al abortar o aún sin abortar, se inmolan o inmolan su libertad; de las “relegadas” en todo o casi todo…


El día de la mujer no es para todas las salvadoreñas. Aún es solo para unas pocas. Para el resto sigue siendo noche, pero habrá que amanecer…


lunes, 27 de febrero de 2017

"Gus..."

Benjamín Cuéllar

...le decían; se llamaba Raúl Gustavo Paredes. A sus 27 años cobraba en un bus que partía del cantón El Pedregal, municipio de Olocuilta, departamento de La Paz, rumbo a San Salvador. Lo cosieron a balazos varios tipos cuando el 29 de noviembre del 2016, bien de mañana, salió esperanzado de su humilde morada asentada en el cantón La Esperanza para dirigirse a trabajar; iba a ganarse pocamente la vida, haciendo el primer viaje de una jornada que ya no pudo realizar. Más allá de la violencia y la impunidad extendidas, ¿alguien sabrá el porqué de su trágica muerte? ¿Sería por su segundo nombre?

Iniciando ese año, tres jornaleros laboraban en la finca Adelaida ubicada en Comasagua, La Libertad; fueron asesinados con arma de fuego el 4 de febrero. Apenas comenzaban a fumigar arbustos de café, ese era su oficio, cuando unos desconocidos los atraparon y condujeron a otro sitio dentro de la propiedad para ejecutarlos. Allí falleció Gustavo Ávalos, de 48 años, junto con 2 jóvenes de 28 y 25.



Dieciséis días después ‒aprovechando la nocturnidad‒ en el caserío del departamento de La Unión llamado Los Pocitos, cantón El Zapotal, municipio de El Carmen, dos hermanos de 21 y 24 años fueron despachados de este mundo. Eran Elmer Eliú y José Gustavo Guevara, respectivamente; otro “Gus” más. “De acuerdo con la versión policial, –se lee en la reseña periodística– los fallecidos estaban en el sector conocido como El Carreto y fueron atacados por varios hombres desconocidos que se conducían a bordo de un vehículo color negro, del cual se desconocen otras características”. ¿En qué país y por qué pasaba eso antes? “¡Que alguien me diga!”, gemía Gilberto Santa Rosa en el concierto por los 25 años de la “pax salvadoreña”. Ni uno ni la otra llegaron hasta abajo; se quedaron arriba.

Luego, a altas horas de la noche del lunes 23 de ese febrero, supuestos pandilleros fuertemente armados, vestidos de negro, con gorros “navarone” cubriéndoles el rostro ‒parece que fue ayer, cantaba Manzanero‒ ejecutaron otros dos jóvenes e hirieron a uno. El presunto móvil: ser parientes de un policía. Entre las víctimas fatales estaba Gustavo Rafael Sandoval, estudiante y goleador en los torneos futbolísticos que realizaban en el municipio de Atiquizaya, Ahuachapán. Los criminales dispararon a mansalva contra un grupo de personas, entre las cuales estaban las víctimas, frente a una iglesia evangélica en el cantón Joya del Platanar.

En noviembre del 2015, unos gemelos aparecieron ejecutados en un caserío del municipio de Panchimalco, San Salvador. René Gustavo y Ovidio Edgardo Deodanes, se llamaban;  tenían apenas 16 años. Dicen las autoridades que colaboraron con pandilleros, pero ya estaban “retirados”.

Un enérgico opositor a la minería, fue desaparecido forzadamente el 18 de junio del 2009 en San Isidro, Cabañas; semanas después lo hallaron sumergido en un pozo. También era dirigente del entonces estrenado partido de Gobierno. ¿Quién se acuerda de él? Seguramente quienes creían en su liderazgo y confiaban en su persona. La dirigencia del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), ¿quién sabe? El actual director general de la Policía Nacional Civil, Howard Cotto, siempre declaró que se trataba de un delito común. Cierto o no, tal Quijote de tan estratégica causa se llamaba Gustavo Marcelo Rivera.

Gustavo Adolfo Beltrán tenía 29 años; nació con síndrome de Down, pero no murió por eso. Murió después de que lo desaparecieran, quién sabe quién, el 24 de julio del año pasado; había salido de su casa a caminar, como solía hacerlo frecuentemente. Encontraron su cuerpo sin vida el 30, en una finca situada en San Antonio Abad, San Salvador. Dicen que lo habían golpeado. Las personas que lo conocían, afectuosamente le decían “Gustavito”.


Así se llamaba el hipopótamo recién ejecutado en el Parque Zoológico. “Gustavito” solo, solito, a manos de tus victimarios. Toda la gente te recordará y hasta, quizás, un monumento te erigirá; de los otros “Gus”, quizás solo sus familias los evoquen. Fue terrible y aberrante tu muerte, ciertamente, en un país donde ese es el pan amargo de consumo diario entre sus mayorías populares. El sube y baja  del “muertómetro” nacional, según los vaivenes electoreros, te llevó de encuentro.


Usted, vos y yo, después de esto y de todo lo de siempre, ¿respiramos seguridad en la tierra donde se ensañan matando niñas, niños, adolescentes, adultos y hasta hipopótamos? “Patria idéntica a vos misma, pasan los años y no rejuvenecés”. Así le cantó el Roque a esta nuestra desgarrada y desangrada casa. Deberían siquiera, siguió a renglón seguido, “dar premios de resistencia por ser salvadoreño”.